La que no necesita de chanchullos para ser noticia es Teresa Campos. No puedo evitar sentir por ella una enorme blandura. Teresa ha vivido un auténtico tsunami este año y ahí sigue erguida. A pesar de lo que diga, o finja.

Sé que el dolor de la fuga sin compasión de Edmundo la ha dejado tocada. Aún así, intentaba salir de esa cueva de tristeza en la que la dejó y continuar bailando. Pero parece que el destino no está siendo una buena pareja de danza.

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El confinamiento la volvió a encerrar y a dejar en brazos del miedo y el abatimiento. Me consta que Terelu la ha cuidado con un enorme esmero, pero también que ha echado de menos su espacio. A determinadas edades queremos tener cierta firmeza en la rutina y los sobresaltos nos confinan como lo ha hecho este maldito virus.

Además, ha vuelto a verse de cara con la enfermedad de una de sus hijas. Enterarse del contagio de Carmen ha sido un varapalo que la ha vuelto a hacer sangrar. Pero ahí sigue. Sin perder el sentido del humor e intentando maquillar una realidad que se le ha desvirtuado y la ha dejado en un erial emocional.

Teresa es de esas mujeres que se han cincelado a ellas mismas y saben recomponerse. Ella sabe el cariño que se le tiene. Y eso ayuda. Pero lo que realmente la remontaría es volver a hacer lo que mejor sabe. Ojalá encuentre ese hueco profesional que tanto anhela, aunque sea por un tiempo. Teresa se merece una despedida a la altura del trabajo que ha hecho durante tantos años y con tanto éxito. Sí. Tengo que reconocer que siento debilidad por ella.