Esta semana de Navidad he conseguido que sea una semana más. O eso creo. Con una excepción. He tenido cenas virtuales y el frigorífico más lleno que en los últimos meses, gracias a mis niñas Cristina y Terelu. No he podido estar con nadie, pero mis amigos han estado ahí sentados en mi mesa de forma corpórea sin hacer ruido, y trayéndome todo lo que tenían en las suyas. Y a pesar de haber apagado el teléfono para no agobiarlos con tonos tristes, han estado ahí pendientes de que en algún momento quisiera abrirles. He jugado a ver fotos de mis nietos en años anteriores y visualizándolos el próximo en una continua montaña rusa de regalos y abrazos.

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Ganas de seguir viviendo

He llorado mucho, por lo que no disfruto. Y he dado gracias por lo que me permiten disfrutar. He echado de menos con la negritud más absoluta de la ausencia. Y he recordado a todos aquellos que forman parte de mi vida y siguen estando ahí, esperando en el andén perpetuo de cualquier tren que quiera tomar. Me ha herido el silencio de estas fechas. Y he disfrutado el ruido de los que se han encontrado. He dormido sin querer despertarme. Y me he despertado con ganas de seguir viviendo. He intentado no oír noticias que me alejaran de la esperanza. Y me he balanceado en la esperanza para ignorar un futuro que aún no me da respuestas. Muero por pasear por algún bosque solitario en Amsterdam. Y por pasear entre la multitud por la Gran Vía, sin miedo a nada. Quiero decirles a mis amigos que no los he abandonado este tiempo. Solo que he preferido quedarme con la última conversación, que, aunque no la recuerde, seguro que fue sin hablar de miedos. Quiero irme a vivir al campo con Ova.Y también oír el ruido de una ciudad libre y abarrotada. Me planteo dejar mi trabajo, pero, los días que voy, vuelvo a casa con una de esas sonrisas que tanto me cuesta sacar en mi encierro. Echo desesperadamente de menos a mi familia. Pero los tengo más cerca que nunca, aunque el vacío de la distancia sigue ahí y es difícil llenarlo. Intento no tener una actitud demasiado negativa, pero me permito gritar a veces de rabia. Reconozco que ha habido días en que me he hecho maratones de películas de Navidad y he llorado a moco tendido con Papá Noel y Nanny McPhee.

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“Buenos días, abuela”

He recordado a mi madre cada mañana trayéndome un zumo de naranja a la cama, y a mi padre, sentado en la mesa camilla del salón revisando la lotería de Navidad. He echado de menos el despertador para avisarme de que Victoria y Alexander se estaban despertando para abrir sus regalos de Santa Claus. Todos hablamos de despedir esta mierda de año. Yo no sé aún cómo lo haré, solo espero que con la esperanza de creer que el próximo será mejor. Y eso creo que será fácil conseguirlo. Espero que todo esto se quede en una gran resaca. Espero cada día volver a despertarme con la voz de Victoria diciéndome: “Buenos días, abuela”.