En estos momentos, mientras escribo, mi compañera, amiga y casi hermana Terelu está en quirófano. Tenemos un trabajo complicado y unas relaciones extrañas de cara al exterior. Pero lo importante es que cuando una estornuda todas nos resfriamos de alguna manera. Eso me gusta. Y me da fuerza cuando me debilito. Estoy pasando por un momento donde me siento acosada por leyes banales que me salpican sin poder saltar el charco. Y por abogados que me detestan y utilizan todas las armas que les da la legalidad que ellos dibujan con destreza para vapulearme en los juzgados cada día. Ellos están entrenados para defender a asesinos, pederastas y gente que tiene la capacidad de comprar sus servicios dejando en un baño la verdad y sus chanchullos.

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Tengo a una de las personas más nobles que he conocido en mi vida luchando de nuevo contra un cáncer que no le da tregua. Y tengo ‘conocidos’ que se pasean por la ilegalidad y el límite de consumo de sustancias que les matarían y siguen bailando por encima del miedo de los idiotas. Sí. Me están pasando cosas que me han tumbado un par de días. Pero hoy imagino a mi amiga en un quirófano, intentando salvar alguna parte de su vida y me rebota y me da ganas de gritar que estamos huérfanos. En estos momentos, no creo en la legalidad ni en la justicia. Lo que tengo claro es que casi siempre se salvan los malos. Y eso me hace revolverme como una fiera enjaulada. Necesito gritar que los buenos tenemos que estar a salvo de los malos. Y que mi amiga, que lleva muchas horas en quirófano, se salve de esto ya. Porque, si no es así, me bajo de este tren para el que jamás compré billete.