En el punto de Mila

La avidez de María Lapiedra por pisar un plató es insaciable

María Lapiedra Gustavo González Mila Ximénez
María Lapiedra

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Mi compañero Gustavo anda deambulando como perro sin amo en sus emociones, mientras que su compañera María pasea feliz dirigiendo su camada. No puedo evitar querer a Gustavo y conseguir que me enternezca y me enfurezca cada día. Me consta que él lo dejó todo por vivir su historia de amor y sacarla de la oscuridad de su relación. De la misma forma que me consta que ella lo ató a su falda para vivir sus ambiciones mediáticas. La avidez de María Lapiedra por poner sus tacones en un plató es insaciable. Gustavo solo vive para complacerla, y ella para adorarse a sí misma. Cuando conocí a Gustavo era una persona divertida y llena de afecto. Ahora veo a un ser gris y con una tristeza que te penetra el alma. Se ha convertido en un guiñol manejado sin interés por su dueña.

Vegetariana dudosa

Siempre he creído que, por amor, merece la pena volar sin ruta. Pero siempre que te esperen en el aterrizaje. Lapiedra prefiere planear sin perder de vista la superficie. Grita que es vegetariana, pero consume casquerías con fruición. Ella surfea como nadie en sus mentiras. Y sus víctimas son las tablas que la salvan del oleaje. Dicen que Lapiedra no engaña. Es posible. Tiene una capacidad malévola para hacer que los que le siguen se conviertan en un séquito ridículo que le salva de las balas ajenas. A Gustavo le gustaría ser capaz de crear un paraguas que protegiera a su gente de la tormenta que ha desencadenado. Ella reza para que ningún tornado le evite bailar su danza de libertad y triunfo. Felicidades, María. Solo espero que no celebres la caída de una buena persona que apostó por que fueras un pájaro en libertad, y a la que has convertido en un animal raptado en un acuario que salta por una sardina podrida.

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