Estoy viviendo la distancia entre Adara y Joao, y me da pena, porque creo que ambos se deben echar de menos. La complicidad que vivieron era real, y no he visto motivos suficientes para la distancia y el rencor que han alimentado ambos. Y estoy viendo a Antonio David Flores parar golpes como puede con el concurso de su hija, aunque a veces le veo gestos de dureza cuando vuelve al pasado, y no tiene nada que ver con el compañero de confidencias y abrazos con el que viví y conviví.

Sigo apostando por él, porque lo he visto y oído llorar muchas veces a escondidas. Pero no me gusta que siga en la cofradía del rencor y el reproche. Eso no le va a ayudar a lo que siempre me dijo: disfrutar de la familia que le ha dado la vida.

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Si mirara sin encono a los que le hicieron daño a él y a sus hijos, vería que la vida está repartiendo la suerte que cada uno se ha merecido.

Él está recogiendo todo lo que abonó con ellos. Y es el momento de disfrutarlo. Me consta que cuando ve a Rocío sufrir en la isla, se le rompe el alma por no poder sacarla de ahí y darle ese abrazo que le daba de niña. Pero ahora ya tiene que dejarla vivir sus experiencias sin abrigo. Tiene un camino largo que recorrer y estoy convencida de que sabrá hacerlo sola, en su propia isla.