Debatir con locos, con equivocados, con quienes viven la pasión y la atrapan sabiendo que van a morir al vuelo, me hace crecer. Pero me empobrece debatir con los que bambolean en discursos que no creen y que utilizan para no vomitar sus limitaciones.

Agotada del cinismo

Detesto el cinismo y la pobreza en el debate. Me relaciono mal con los que intentan sin éxito ser adalides de la moralidad y la coherencia, y tienen en su casa las camas sin hacer y oliendo a soledad. Amo a los valientes que le ponen cara a sus debilidades y a los cobardes que intentan enfrentarse al miedo. María Lapiedra puede ser o haber sido una ‘princesa’. Pero sus harapos son más dignos que que los abalorios de algunas que lucen galas alquiladas. Estoy agotada del cinismo, de la demagogia de los perdedores que se agarran al columpio del discurso elaborado con poca masa. De los que repudian contenidos, pero se siguen sentando a la mesa para alimentarse de ellos.

No voy a debilitarme

A veces llego a casa y me hundo. Pero prefiero ser de las que se rompen que de los que son incapaces de desabrocharse. Sí. Dan ganas de salir corriendo. Pero también es cierto que ninguno de estos perfiles se merece que me saquen de la pista. Solo se abandona la carrera cuando te saca un ganador que no se abre paso a codazos. Los que piensan que me abaten con guijarros ignoran que estoy entrenada para repeler piedras de canteras. Los que me asfixian para robarme oxígeno me amplían los pulmones. Y para los que necesitan reafirmarse en el enfrentamiento conmigo, solo tengo una respuesta: no voy a debilitarme en la agonía de los perdedores.