La boda de Diego Matamoros ha vuelto a abrir el cajón de los conflictos familiares. No dudo de las lágrimas sinceras de Laura cuando le dijeron que su padre estaba en la puerta, a pesar de que este le había confirmado su presencia. Supongo que hasta última hora no hay que dar nada por hecho conociendo los antecedentes familiares.

Parece ser que Diego también celebró con gestos lacrimosos la llegada de Kiko, pero él gestiona mejor sus emociones. La llegada de su padre no solo era un acto emotivo –que lo fue sin duda–, sino también le daba valor a una boda que no pintaba demasiado bien de cara a la venta. Diego aprendió pronto a poner en mercado la novela negra de su infancia.

Es fácil mimetizarte con el relato de un niño que echaba de menos el abrazo paterno y los paseos en bici. Todo era muy conmovedor y cruel como para no reprochar a su progenitor este dolor tan bien narrado.

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La ausencia de un padre

Con el paso del tiempo, mi lectura es diferente. Sé del sufrimiento que deja la ausencia de un padre. Lo estoy viviendo. Pero en este caso, y en el recorrido de Diego, para escupir su rabia ha tenido a su padre sujetándole su escupidera en los platós.

Solo hay un personaje que se me escapa y que no sabría colocar en el collage familiar: Marian, la madre. Los que estuvieron con ella me dicen que todavía tiene el rictus del abandono. La foto del saludo con el padre de sus hijos no deja duda. ¿Pero por qué ese interés en decir que si no hubo un encuentro más cálido fue porque ella marcó la distancia? Cuando el recuerdo de lo malo te atrapa y no te deja avanzar, tu relato siempre estará teñido de rabia.

A mí me habría gustado que también hubiese alejado a sus hijos de los focos un poco más, de la misma forma que se ha protegido ella.