Corte y confección

Terelu Campos arrastra una dura carga

Terelu

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“Hablemos de sexo” fue el título de un programa que, en año 90 del siglo pasado, se inventó Narciso Ibález Serrador y presentó una entonces desconocida psicóloga gallega que atendía por Elena Ochoa y ahora, treinta años después, es conocida como Lady Foster. A la presentadora le sentó de maravilla hablar de sexo, se hizo famosa, se casó con un escritor que le presentó a un arquitecto quien, a su vez, le presentó a otro llamado Norman Foster que, además de superinteresante y supercotizado, es supermillonario.

Elena Ochoa no tuvo que hablar de sus prácticas sexuales, se limitó a realizar una labor pedagógica y, a la par divulgativa, hablando de sexo con la misma actitud y presencia con la que hubiera podido presentar un programa de economía. En aquellos años se consideraba de mala educación hablar de cosas íntimas en público y más si lo hacía una mujer. Afortunadamente, el tabú del sexo se ha roto y, sobre todo, se ha acabado con la ignorancia; a nadie le da vergüenza contar sus intimidades aunque eso no impide, a veces, sentir vergüenza ajena cuando las cuentan otros.

Viene eso a cuento de las últimas confesiones de Terelu Campos, quien no tuvo ningún inconveniente en aceptar ser sometida a todo tipo de preguntas íntimas en el último “Polígrafo Deluxe”. Tras una temporada haciéndose la interesante a base de descubrir antiguos ligues, como Kike Calleja y Alonso Caparrós, Terelu, absolutamente lanzada al abismo, protagonizó un “poli” (colaboración que se cobra aparte en el “Deluxe” como muy bien ha explicado Belén Estebán) y, sin dar nombres, aceptó haber mantenido sexo en un avión y, por los datos que dio la parejita realizaba un vuelo trasatlántico y además iba sentada en turista. Según contó, ella le hizo unos trabajos manuales a él por debajo de la mantita y de la bandeja de la comida. El sexo en un avión tiene que ser, como los asientos, de primera clase, sino mejor echarse una cabezadita.

También confesó la presentadora que practicó sexo telefónico cuando, de jovencita, recibió, en la casa en la que convivía con su santa madre, una llamada de un ligue que, al otro lado del teléfono, fijo para más señas, se dedicó al amor propio mientras ella, atónita, le iba diciendo a todo que sí. “Fingí”, dijo Terelu; es decir le siguió el rollo al salidillo pero sin participar en la fiesta, como tampoco sacó partido del episodio aéreo, en el que su pareja se quedó tan contenta y ella, a dos velas. “Es que siempre he sido muy generosa en el amor”, se justificó la hija mayor de su madre que, viéndola desde casa, debía estar alucinando pepinillos con semejantes confesiones.

No me extraña que Pipi Estrada, que fue novio de Terelu a principios de este siglo, se haya quedado con la boca abierta. Terelu demandó a Pipi, con toda la razón del mundo, cuando este publicó unas memorias sexuales en las que se detallaban los encuentros entre ambos. Nadie tiene derecho a contar la intimidad de otro y menos con ánimo de ofender y con intención de lucrase. Terelu, a diferencia de su ex, cuenta sus propias experiencias y tiene el cuidado de no dar el nombre de ninguna de sus parejas; a ellos no les causa problemas pero no parece haber calculado el daño que se está haciendo, casi que debería demandarse a sí misma y pedirse daños y perjuicios.

Terelu, junto a su hermana y su madre, se ha ido estos días a Nueva York para rodar la segunda temporada de “Las Campos”. En el aeropuerto de Madrid arrastraba un carro repleto de maletas, pero más pesada es aún la carga de haber puesto su intimidad en el escaparate. No sé ya que les queda por contar.

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