Corte y confección

Isabel Preysler cataliza las guerras de los Vargas Llosa y los Boyer

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25 de noviembre de 2017, 11:20 | Actualizado a

Parecía que el armisticio había llegado a las relaciones entre todas las ramas familiares vinculadas con Isabel Preysler y Mario Vargas Llosa, pero en realidad la guerra seguía latente. En tiempo, aunque no en espacio, del lado Boyer y del lado Llosa han estallado dos minas al paso de los vencedores colocadas por los agraviados.

Gonzalo Vargas, el mediano de los hijos del premio Nobel y su segunda esposa, Patricia, se ha enfadado porque sus hijas posaron, encantadas de la vida, por cierto, con su abuelo, su novia y Tamara Falcó en la entrega de unos premios en Nueva York, y Laura, hija del fallecido Miguel Boyer y su primera esposa, Elena Arnedo, ha confirmado que no está invitada a la boda de su hermana Ana con Fernando Verdasco. Isabel Preysler, la mujer perfecta que nunca se enfada con nadie, es el denominador común de todas las desavenencias, su felicidad y armonía, su calma oriental, esconde tormentas.

Isabel siempre ha mantenido unidos a sus cinco hijos: los tres que tuvo con Julio Iglesias, Chábeli, Julio José y Enrique; Tamara, nacida de su matrimonio con Carlos Falcó, y Ana, la hija que tuvo con Miguel Boyer. Unidos por vía materna, no puede decirse lo mismo de sus relaciones con los hijos que sus respectivos padres tuvieron con otras mujeres. Los hermanos Iglesias Preysler y los cinco hijos que el cantante ha tenido con Miranda Rijsburger no han compartido nunca una foto, ni una celebración familiar; Tamara es quizá la única que mantiene lazos con los hijos del marqués de Griñón, sobre todo los mayores, Xandra y Manolo Falcó Girod, pero no existe cercanía con los pequeños, Aldara y Duarte Falcó de la Cierva. Quizá porque ahora los hijos mayores de Carlos Falcó tienen ahora una enemiga común: Esther Doña, la última marquesa de Griñón a la que algunos superan en edad.

Ana, la hija en la que Miguel Boyer se refugió tras su ruptura familiar con su primera esposa e hijos, nunca se ha relacionado con sus hermanos Laura y Miguel, como ya se puso de manifiesto tras la muerte del padre. La boda de la hija pequeña de Isabel Preysler con el tenista Fernando Verdasco, que tendrá lugar el 8 de diciembre en la isla caribeña de Moustique, ha sacado de nuevo a la luz el distanciamiento.

La imagen de Isabel Preysler siempre ha sido la de una mujer conciliadora y ella misma se ha esforzado en no alimentar las polémicas. Nunca ha tenido una mala palabra con nadie y ha sabido lidiar en la intimidad con los problemas; es más, durante años ha conseguido que las críticas al modo de gestionar su entramado familiar hayan sido silenciadas, tapadas por su extraordinaria capacidad para las relaciones públicas. Isabel es perfecta y punto.

La realidad, es otra. Isabel siempre ha salido ganadora de todas las rupturas familiares y en su ya larga trayectoria sentimental ha dejado como perdedores, tanto a sus ex maridos, incluido el exitoso Julio Iglesias, como, sobre todo, a las parejas pasadas, actuales o futuras de éstos a las que siempre se ha comparado con Isabel, compendio de virtudes, belleza y habilidad social.

Es cierto que las críticas a Isabel nacen del resentimiento y aunque muchos de sus damnificados podrían destrozar su imagen, la mayoría son suficientemente inteligentes para pasar página. No es el caso de Gonzalito Vargas Llosa, que estos días arremete contra su padre atacando a Isabel Preysler. La acusa de aprovecharse de la ingenuidad de sus hijas para colocarlas en una foto familiar, una memez que esconde en realidad la verdadera razón de su cabreo: comprobar como su padre, todo un premio Nobel, actúa de figurante en la corte de Isabel Preysler. Tampoco eso es cierto de todo, ya que Vargas Llosa es suficientemente mayorcito para saber lo que hace y en su vida había sido tan feliz como ahora cuando todo el mundo le hace caso. Vanidoso, porque él lo vale, le encanta pasarse el día en las revistas presumiendo de novia, de felicidad y de, paso, de literatura. Además, cómo puede Gonzalo Vargas criticar a la novia de su padre cuando él mismo consintió en que Genoveva Casanova acaparara todo el protagonismo de la entrega del premio Nobel al escritor peruano. Gonzalo se llevó a su entonces novia a Estocolmo integrada en el grupo familiar y ella, a pesar de que llevaba una pierna escayolada, se acompañó de un fotógrafo de cabecera para que documentara su presencia junto a los Vargas Llosa, enfunda en los mil y un conjunto de pieles que le prestó una conocida peletera. No es pues Gonzalito el más indicado para criticar a Isabel. Como tampoco Laura Boyer, que tuvo 25 años para perdonar que su padre hubiera abandonado a su madre, se queje ahora de que Isabel les dejó aparte.

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