Corte y confección

Isabel Pantoja, abuela reciente y penitente perpetúa

Isabel Pantoja
Isabel Pantoja 01

1 de febrero de 2018, 19:20 | Actualizado a

La Pantoja ha vuelto. No solo ha reaparecido en cuerpo (en el escenario ya lo hizo hace unas semanas), sino también en alma con motivo del nacimiento de Carlota, la segunda hija de Kiko Rivera e Irene Rosales, y que junto a Francisquito, el niño que Kiko tuvo con Jessica Bueno, y Irene Rosales, y Albertito, nacido de la unión entre Chabelita y Alberto Isla, completa las dos parejitas de nietos de la cantante. Isabel está feliz por la llegada de la niña, lógicamente, pero no parece haber saldado cuentas con la vida a juzgar por el resentimiento que ha mostrado al acceder, magnánimamente como quien regala un caramelo, a mantener un cruce de palabras con los esforzados reporteros que la estaban esperando a su salida de la clínica sevillana donde el pasado martes nació la niña.

Vestida de calle, que es como decir vestida de camuflaje, oculta tras doscientas capas de jerseys y ponchos, con su característica cola de caballo y esas gafas de sol que ella utiliza incluso en la sombra, Isabel Pantoja da lecciones de comportamiento humano. Nadie pone en duda que quiere a sus hijos, aunque es obvio que más a uno que a la otra, quizá porque el uno, Kiko, le recuerda su pasado glorioso como señora de Paquirri y la otra, Chabelita, se pasa el día retándola. No es fácil ser hija de una celebridad pero, en este caso, tampoco lo es ser madre de famosos cuando, además, su sustento depende de los índices de popularidad y el nivel de nadería que se consigue colocar en revistas y televisiones de pago. Isabel no puede ocultar un poso de amargura lógico en una etapa de la vida en la que debía saborear las mieles y olvidar las hieles. La estampa de su exnovio Julián Muñoz bailando sevillanas estando de permiso carcelario en razón de su presunta mala salud demuestra una vez más que Pantoja estaba transitoriamente enajenada cuando vio en ese sujeto su pareja ideal. Por más dinero que pensara que tenía o que podía obtener el entonces alcalde de Marbella, a qué mujer en su sano juicio se le ocurre liarse con él. ¡Por favor! Que aún no se han borrado de mi retina las imágenes de Julián bajando del carromato en el que recorría, junto a Isabel, el camino del Rocío para, tras bajarse la cremallera del pantalón, y delante de todos echar una 'meadica' en el ribazo. Una estampa que desenamoraría a cualquiera pero que no supuso una alerta para Pantoja que solo abrió los ojos cuando se llevaron a su novio a la cárcel, camino que ella caminó poco después.

Pantoja cumplió su condena pero parece que su pena aun no ha prescrito. Teniéndolo casi todo sufre por lo que dicen de ella, por lo que hacen sus familiares y por lo que dejan de hacer pero, en vez de presentar una cara amable y, aun mejor, fomentarla, parece disfrutar, únicamente, de su papel de agraviada.

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