Rocío Carrasco no necesitaba nada más. No necesitaba épica, ni parafernalia, ni una legión rodeando su brutal testimonio. No necesitaba espectáculo cuando lo que tenía era verdad. Nerviosa llegó a un plató en el que iba a desgranar uno de los episodios más terribles de su vida. Lo hacía no con la intimidad que provoca un set, sino con el vértigo que da el asomarse al vacío. Sentarse a hablar sin edición, sin guiones, sin un sustento era el reto que le faltaba a la hija de la más grande para reflotar. Y lo hizo. Vaya si lo hizo. Rocío contó una historia que incomoda, que remueve y de la que lo fácil es salirse menospreciándola. Como si alguien necesitara adentrarse en esos terrenos para salvarse. Como si con esto no hiciésemos más que perpetuar lo que le pasa a esa vecina con la que nos cruzamos, a esa amiga que nos cuenta, a esa sobrina que se derrumba una tarde de confesiones. Rocío ha logrado vencer aunque para ello haya tenido que perderlo todo. Y sabe que, posiblemente, nunca lo vaya a recuperar.

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El planteamiento de la entrevista de Rocío Carrasco no fue el que su testimonio merecía. Un exceso de ruido hizo que, una vez más, la persona que ha ido aislándola volviese a salirse con la suya. Las palabras de Rocío Flores recondujeron el debate al estigma de la mala madre, la que no coge el teléfono, la que se ha apartado de sus hijos, la que los ha abandonado. Y ahí se situó todo el principio. De repente, el grueso de su vida volvía a esfumarse bajo el manto de la relación madre e hija. El foco, otra vez, volvía a ser otro. Ella misma así lo expresó tras contar lo que le lleva a no coger ese teléfono que suena. Fue toda esta primera parte del programa la que sí funcionó. Una entrevistada, dos entrevistadores y un plató vacío. No hacía falta nada más. El testimonio y el peso mediático de Rocío es más que suficiente para llenarlo todo. El resto, lo sabemos, sobraba.

Perdernos en un sinfín de matices y reproches, de cuestiones olvidadas en el tiempo para todos menos para los protagonistas no hacen más que, otra vez, diluir el contenido. Claro que los intervinientes, o muchos de ellos, tienen cuentas pendientes con Rocío Carrasco. Llevan toda la vida hablando de ella. Lo que no vieron o no quisieron ver es que no era su momento. Era el de Rocío. Interrupciones a su testimonio, jardines complejos en los que el espectador desconecta, bailes en el tiempo que no ayudaban a que se pudiese seguir con facilidad nada de lo que ella quería contar. Quitarle el foco a la entrevistada no suele funcionar y menos cuando se tocan asuntos tan delicados, donde un silencio o una frase lo puede resumir todo. Con todo, Rocío Carrasco salió a flote. No en vano, lleva dos décadas preparándose para hacerlo.

La televisión, como la sociedad, se ha vuelto reticente a cambiar. Lo vemos constantemente en los estrenos que a diario se anuncian desde las cadenas. Si algo funcionó en el pasado, debe volver a hacerlo. A veces no ocurre así. El documental de Rocío Carrasco nos debía haber enseñado que un testimonio de una única persona, sin más decorado que un fondo blanco, un proyector y su verdad son más que suficientes para sostener un prime time. Tras la primera de las entregas del documental parecía que habían llegado a comprenderlo. Ayer volvimos atrás. Fuimos a un programa al uso cuando esto, si algo no era, era un programa al uso. Ayer nos sentamos a escuchar a Rocío. Era lo único que importaba. Y una vez más, nos quedamos sin hacerlo. Ayer, una vez más, Rocío se quedó sin voz.