No deja de resultar curiosa la atención que despierta las audiencias de ‘Sálvame’. Lógica, claro, pero curiosa. Un programa que lleva en emisión ininterrumpida desde hace más de una década, que ha renovado presentadores, colaboradores, secciones y -poco- escenarios, que ha sostenido sobre sus hombros la programación completa de una cadena, que nunca se ha tomado ni una semana de pausa, pues parece que vive un verano con menos fuerza que los anteriores. Tampoco será tan extraño, ¿no? Sería bonito, claro, que se valorasen los datos en su justa medida y se pusiese de relieve, si es que hay que ponerlo, los giros que hacen que lleve unos días por encima de ‘Tierra amarga’. Ya se sabe, todo lo que suponga cuestionar ‘Sálvame’ siempre vende. Y los datos son los que son pero las interpretaciones de los mismos ya no tanto. En fin, que yo venía aquí a hablar, como no, de Rocío Carrasco. ¡Una vez más!

Ayer por la tarde me disponía a realizar varias tareas tan rutinarias como salir a hacer la compra cuando el regreso de la hija de Rocío Jurado desbarató todos mis planes. Tiene algo Rocío, posiblemente los años de ausencia y el peso que ha cogido su testimonio, que atrapa. A los que comulgan con ella y a los que sacan espuma por la boca. Resulta difícil apagar la televisión cuando va a hablar pues sabes que de su boca solo suelen salir titulares. Ayer se los llevó su familia y los que han estado intentando minimizar la existencia de ese famoso diario de la más grande. Son anotaciones, frases, reflexiones, esgrimía su familia y los programas de otras productoras. Como si esas anotaciones de Rocío Jurado, sean lo que sean, no valiesen su peso en oro. ¿O es que alguien las dejaría pasar por ser eso, meras frases sueltas? La duda ofende.

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Rocío Carrasco ha decidido ya no callarse nunca y esa, en realidad, es la victoria que se ha llevado. Ver el resurgir de alguien que ha estado sometida durante años a un cerco del que no podía salir es un triunfo no de la televisión, ni de la cadena, es el éxito del proceso psicológico que ha seguido la hija de Rocío Jurado y de los profesionales que se han hecho cargo de ello. A cualquiera que relatase el infierno que ha vivido y la forma en la que ha logrado superarlo se le aplaudiría, se le cuidaría. No es el caso de Rocío Carrasco, a quién parece que existe un interés por hundir de nuevo. Basta con echar un vistazo a la redes sociales -que son un reflejo engañoso de la realidad- día a día y comprobar el estado de beligerancia que se despierta con este tema. Igual debería preocuparnos este clima que estamos viviendo.

No sé si esta exposición que va a tener Rocío Carrasco en ‘Sálvame’ a la espera de la segunda entrega del documental va a ser positiva tanto para ella como para el producto en sí. Posiblemente el silencio, de nuevo, hasta la llegada del estreno sería más beneficioso de cara al interés que pueda despertar. Sobre todo teniendo en cuenta que no parece que su familia vaya a dejar de hablar en lo que queda de tiempo. Al final, el juego de los Mohedano termina volviéndose siempre en su contra. Pero la hija de Rocío Jurado ha dicho basta. Ya no va a callarse más, aunque eso le conlleve un aluvión de críticas y reproches. Aunque, ¿acaso cuando ha estado retirada del mundo no se le ha tachado con los peores insultos? Rocío no tiene ya nada que perder pero sí mucho que ganar. Por el momento, tranquilidad vital y un cambio de vida, que no es poco.

Ahora, ¿y los demás? ¿Sobreviviremos a una nueva entrega semana tras semana de la vida de Rocío Carrasco? ¿Lograremos recomponernos tras las reacciones que, desde plató, harán Rocío Flores y, previsiblemente, Olga Moreno? ¿Nos dejaremos la salud en esta guerra que parece no tener fin? Qué ganas de ‘En el nombre de Rocío’ y, a la vez, qué miedo. En 2021 todo son sorpresas. Y pocas horas de sueño.