Arrastra ‘OT 2020’ el mismo problema que ya tenía su prodecesora y la anterior a esta. Un problema que, tal vez ya estuviese presente en la anterior etapa del talent show, pero que cada vez está más y más presente. ¿Qué pasa con las galas? La ausencia total de ritmo es una constante entre las quejas y comentarios de los espectadores que, ahora, se sientan delante del televisor cada domingo. Larguísimos momentos de relleno, conversaciones más propias de un ascensor que del prime time de una televisión y un manto de silencio sobre todo aquello que ha ocurrido durante la semana y que el programa parece no querer rescatar más allá del directo. No hace falta que todo en la vida sea trepidante pero entre esto y la pausada entrega de OT hay un paso importante.

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Queramos o no la revolución nacida en el seno de Mediaset ha hecho que cambiemos mucho la forma de enfrentarnos a estas galas interminables y tan propias de la parrilla nacional. El público, incluso el muy joven, viene ya resabiado de casa y muy bien informado. Algo que choca frontalmente con lo que nos encontramos en cada nueva entrega de la presente edición de ‘OT’. ¿Es necesario que asistamos repetidamente a un vídeo de los concursantes limpiando? ¿Y a los devenires de la garganta de los pobres muchachos? Esto ya lo hemos visto a diario y, desde luego, no ha sido lo más destacado de la semana. Y si alguien cree que sí, está claro que el formato debe tener un gran problema.

Siguen las galas de 'OT' concebidas, por desgracia, como si la televisión fuese la de hace cuarenta años, como si no existiese internet y las redes sociales o como si el propio espacio no fuese innovador a nivel directo. Tras haber logrado una comunidad capaz de vivir, a tiempo real, con los concursantes en el 24 horas, el programa encalla en unas galas faltas de interés, encorsetadas y fomentando un pretendido buen rollo que ni es cierto ni, desde luego, muy interesante. Basta con echar un vistazo a los datos de audiencia inmediatos para darse cuenta que algo no termina de funcionar. El problema es que llevamos así ya tres ediciones. Y, por lo que parece, las que nos quedan…

La llegada de un nuevo jurado parecía que iba a lograr dotar de un nuevo ritmo al programa. Y lo ha conseguido parcialmente -el fichaje de Natalia Jiménez y la vuelta de Nina han logrado algo de aire entre tanta repetición-. También, como siempre, la refrescante presencia de Noemí Galera, única a la hora de devolver el interés a los espectadores y romper con su espontaneidad un ritmo tan pausado que resulta difícil concentrarse. Y eso que no será por la entrega de los fans, que revientan twitter cada semana hasta altas horas de la madrugada.

¿Cómo cambiar todo esto? Buena pregunta. Lidiar con jóvenes poco acostumbrados a la televisión y que se enfrentan a momentos importantes de sus vidas no es sencillo -y eso que Roberto Leal ya no les puede dar más cercanía-. Tampoco hacerlo con una mecánica que no acaba engrasar y que resulta complicada de seguir. Y ya si unimos una selección de temas que ni conectan con los recién llegados ni con los que hace unos años que estamos aquí, pues el asunto se complica. Con todo, el material está ahí. Solo falta encontrar la forma de presentarlo para que vuelva a ser una ocasión única y no un refrito de momentos ya vistos.

Cualquiera le dice ahora a Mónica Naranjo, reina absoluta de los memes y las redes gracias al éxito de ‘La isla de las tentaciones’, que vuelva a su puesto. ¡Con lo bien que está ahora con Fani! Esto sí ha sido una sorpresa inesperada.