Lydia Lozano y Mila Ximénez se enzarzaron el viernes en ‘La última cena’ y Lydia cogió el portante y se largó para casa. Le cabreó escuchar a Mila que tenía programados sus lloros: que sobre las 5 de la tarde reía pero que a eso de las 9, cuando hay más gente conectada al televisor, lloraba a lágrima viva para acaparar la atención. Lydia está últimamente muy a flor de piel y Mila estaba de los nervios por tener que darnos de cenar, así que la combinación fue explosiva. Se peleaban como si no hubiera mañana y, mientras yo las observaba, pensaba qué clase de animales televisivos son para que después de casi 12 años sigan despertando mi interés. La principal arma de las dos es que son de verdad.

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Nada aleja más a un espectador de televisión que un teatrillo: lo detecta al instante y desconecta. Pero Mila y Lydia ahí siguen, tirándose los trastos a la cabeza, reconciliándose, queriéndose, reprochándose episodios que parecían olvidados, sacando a relucir trapos que parecía que ya estaban limpios. Admiro cada día más a la gente con la que trabajo. Me escribe una amiga para decirme que esta noche, mientras yo esté presentando el ‘Deluxe’, ella estará en casa de un tío que la ha invitado a cenar. Echo la vista atrás y tengo que remontarme al invierno para ubicar una cita en mi memoria. A ver si es verdad que dentro de mí todavía late un verano invencible porque lo que menos me apetece con este calor es que se me vaya a pasar el arroz.