El 1 de julio de 2011, Charlene Wittstock se casó con el príncipe Alberto de Mónaco frente a la atenta mirada de miles de espectadores en todo el mundo. Una exposición que aún no respondía a todas las preguntas sobre esta nadadora olímpica sudafricana y que ella misma ha ido aclarando con el paso de los años. A su propio ritmo, la princesa misteriosa ha sabido sacudir tradiciones, revelar su personalidad e imponer con audacia su estilo.

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Desde su noviazgo hasta la casi década de su matrimonio, Charlene ha demostrado su fortaleza y su resistencia. Primero ante la presión social, los medios y las infinitas conjeturas y rumores sobre su vida. Segundo, ante unas cuñadas que -como secreto a voces- nunca han estado muy de acuerdo con su posición como princesa de Mónaco.

Alberto y Charlene de Mónaco
Gtres

Veinte años mayor que ella, Alberto de Mónaco se enamoró de una nadadora profesional en el año 2000, una complicada historia de amor que tuvo final feliz once años más tarde, cuando se dieron el "sí, quiero" en el Palacio Grimaldi el primer día del mes de julio.

Fue entonces cuando ella advirtió de que "sería una princesa a su manera", con condiciones que la alejaban el máximo posible de los medios de comunicación y, sobre todo, de los compromisos sociales e institucionales del Principado. Una elección que se acentuó con el nacimiento de los mellizos, Jacques y Gabriella, un embarazo que se anunció oficialmente el 30 de mayo de 2014. Los pequeños nacieron el 10 de diciembre de ese mismo año.

Alberto y Charlene de Mónaco
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Con la llegada de Jacques y Gabriella, la rebeldía de Charlene se apacigua. Ella se convierte en la mejor madre, y deja de lado cualquier compromiso que no sea estrictamente necesario, con la razón de que está al lado de sus hijos.

Sin embargo, la princesa sí continúa sumando causas sociales como la lucha contra el VIH, el medioambiente y la protección de los niños con dificultades de todo el mundo, muchas de ellas a través de la fundación que lleva su nombre. Para el resto de citas institucionales, Carolina y Estefanía de Mónaco continúan siendo el mejor apoyo de Alberto.

Alberto y Charlene de Mónaco
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Aún así, Charlene empieza a estar cómoda con vestidos de gala y tacones, y brilla en cada aparición que realiza junto a su esposo, pero también sola. Son años de conjeturas y rumores por las agendas por separado de ambos príncipes, pero en los que ella ha forjando su lugar en el Principado sin rendirse.

Su libertad y la posibilidad de regresar a Sudáfrica con frecuencia han permitido que Charlene no sienta que está encerrada "en una jaula de oro", como podría haber sucedido con la icónica Grace Kelly. Una situación que Alberto ha sabido gestionar mejor de lo esperado y que ha mantenido su matrimonio a flore durante una década.

Charlene de Mónaco

A cambio, la exnadadora ha mostrado su agradecimiento y, durante los últimos meses, su unión al monegasco se ha visto reforzada por sus apariciones públicas juntos, en familia, así como los mensajes de apoyo y cariño entre ambos. Un cambio radical que ha mostrado a la pareja más cómplice que nunca, una imagen reforzada por los encantadores Jacques y Gabriella.

"Antes de casarnos, eras mi amigo, mi guía, me protegiste. Cuando llegué a Mónaco, tuve que adaptarme a un nuevo entorno. Aprendí escuchando, observando, pero sobre todo fuiste tú quien me ayudó (...) quien me mostró el camino. Siempre estaré a tu lado, te protegeré", confesaba la princesa en enero de este año para Point View. Unas declaraciones de lo más sorprendentes que muestra que para ellos lo mejor está aún por llegar, a punto de cumplir sus diez años de matrimonio.