La duquesa de Alba y sus mejores portadas de LECTURAS

Obituario: una vida presa de su propia libertad

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20 de noviembre de 2014, 10:03

Por JOSÉ CONFUSO

 

Cayetana de Alba, como la Emperatiz Sissí, vivió presa de su libertad. Educada con el peso de una gran responsabilidad sobre los hombros, criada en los ambientes más selectos y rodeada no sólo de los principales aristócratas, sino también de filósofos y pensadores, Cayetana Fitz-James Stuart lucho en cada minuto de su vida por salirse con la suya. Y lo consiguió, al menos, en la mayoría de las ocasiones. La Duquesa hizo gala de su naturaleza rebelde durante toda su vida, saltándose las convenciones que se esperaban de ella y desafiando, en no pocas ocasiones, los consejos de su familia -ya se tratara de su padre o de alguno de sus hijos-, sin descuidar, eso sí, su deber como jefa de la Casa de Alba. Cayetana consiguió ganarse el cariño de la sociedad, convertirse en 'la Duquesa del pueblo', en una figura cercana por encima de la institución, y todo desde el status que otorga ser la persona con más títulos nobiliarios del mundo. Una tarea que nadie ha conseguido repetir.

 

Cayetana Fitz-James Stuart nació en el Palacio de Liria, en Madrid, una noche de 1926 en la que su padre se disponía a cenar con tres de sus mejores amigos, el filósofo Ortega y Gasset, el escritor Ramón Pérez de Ayala y el doctor Gregorio Marañón, que acabó asistiendo al parto. Sus padrinos fueron el rey Alfonso XIII y la reina Victoria Eugenia y recibió tratamiento de monarca -fue bautizada como María del Rosario Cayetana Paloma Alfonsa Victoria Eugenia Fernanda Teresa Francisca de Paula Lourdes Antonia Josefa Fausta Rita Castor Dorotea Santa Esperanza, aunque siempre quiso que la llamaran Cayetana-. Como hija única, fue educada para asumir la jefatura de la Casa de Alba. Estudió en colegios de Madrid, París y Londres, dependiendo del destino de su padre como embajador de España, y aprendió cinco idiomas gracias al empeño del Duque. No obstante, su infancia no fue sencilla.

 

Con tan sólo ocho años tuvo que asistir al fallecimiento de su madre, aquejada de una larga enfermedad. A partir de ese momento, vivió rodeada de institutrices e internados, ya que su padre tampoco podía hacerse cargo de ella debido a su frenética actividad. Pero eso no fue obstáculo para que la futura Duquesa disfrutara de una infancia y juventud feliz, muy volcada en el estudio y el deporte -siendo adolescente ganó varios premios de esquí, y practicó también tenis y equitación-, pero sin descuidar las pasiones propias de la edad. Y es que Cayetana fue una mujer precoz para todo, tanto para el sentido de la responsabilidad como para dejarse llevar por el amor. Con 19 años conoció al torero Pepe Luis Vázquez mientras toreaba en la Maestranza de Sevilla y quedó prendada. A partir de ese momento no se perdió ninguna de las corridas del torero, hasta que su padre se dio cuenta y se las ingenió para cortar la relación.

 

Al poco apareció su primer novio oficial, Beltrán Osorio, que ostentaba el título de Duque de Albuquerque, y que compartía con la Duquesa, entonces de Montoro, la pasión por los caballos. No obstante, por la misma época, Cayetana conoció a Luis Martínez de Irujo, un futuro ingeniero que consiguió desplazar la presencia del Duque de Albuquerque -para alivio del padre de la novia, que veía problemas a la hora de emparentar dos ducados de tan larga estirpe-. La fastuosa boda tuvo lugar en Sevilla, en octubre de 1947, y posteriormente se embarcaron en una luna de miel que duró seis meses y recorrió varios países, desde Francia o Inglaterra hasta Estados Unidos y Cuba. Incluso llegaron a pasar por Hollywood donde conocieron a Cary Grant, Marlene Dietrich, Charles Chaplin o al propio Walt Disney. Normal que, con el tiempo, Cayetana perdiera interés en conocer a las 'celebrities' de turno, ya que, tras visitar el Hollywood más dorado, ya nada impresiona.

 

En 1953, y tras el fallecimiento de su padre, Cayetana pasó a ostentar la jefatura de la Casa de Alba con tan solo 27 años. Junto al nuevo Duque continuaron el proyecto de rehabilitación del Palacio de Liria y tuvieron seis hijos, cinco varones y la pequeña Eugenia. No obstante, al poco de nacer su última hija, Luis Martínez de Irujo falleció por culpa de una leucemia crónica, dejando a la Duquesa viuda por primera vez. No obstante, como espíritu libre que fue, la Duquesa no se quedó encerrada en el Palacio de Liria, viviendo su luto en soledad. A los pocos meses recuperó su vida social, dedicándose al cuidado de sus hijos y a la realización de obras de caridad. De hecho, la viudez le duró poco, ya que seis años después, volvió a casarse, esta vez con Jesús Aguirre, un ex jesuita 11 años menor que ella. El revuelo, sin duda, estaba servido. Y eso que el peor escándalo estaba todavía por llegar.

 

La Duquesa y el nuevo Duque permanecieron juntos 23 años, convirtiéndose en un verdadero padre para la pequeña Eugenia, que casi no tuvo oportunidad de conocer a su verdadero progenitor. No obstante, en 2001, Jesús Aguirre falleció por un cáncer de laringe. A los 75, Cayetana se quedaba de nuevo viuda, y dispuesta, imaginamos, a renunciar al amor. No obstante, el destino no tenía las cosas tan claras. Entre los amigos que había conocido gracias a su segundo marido, se encontraba Alfonso Díez, un funcionario, hijo de un militar y 24 años menor que ella. Rápidamente empezaron a sonar los rumores de noviazgo, para enfado y recelo de los hijos de la Duquesa -comprensible, por otra parte, debido a la edad, la posición social y el patrimonio de la Duquesa-. Pero Cayetana era mucha Cayetana, y como en todo en su vida, luchó para salirse con la suya con uñas y dientes.

 

En octubre de 2011, en la intimidad del Palacio de Dueñas, la Duquesa se casó por tercera vez, a los 85 años, y para celebrarlo se marcó un improvisado baile a las puertas del palacio, mientras cantaba el grupo Siempre así y los curiosos aplaudían y vitoreaban. Y es que no era para menos. Para llegar a ese momento, la Duquesa había tenido que repartir su herencia en vida entre sus hijos. A partir de entonces, su salud, que ya había sido su principal quebradero de cabeza durante los últimos años, empezó a flaquear -aun así, no perdió oportunidad para disfrutar de sus tradicionales vacaciones en la playa y embarcarse en viajes poco aconsejables para su edad-. Siempre del brazo de Alfonso, la Duquesa dejó bien claro lo que toda España sabía, que no había nacido nadie capaz de pararla.

 

Ahora, termina una etapa de oro de la casa de Alba. Como aquella Duquesa -la decimotercera- que inmortalizó Goya, Cayetana Fitz-James Stuart ha pasado a engrosar la lista de personajes inmortales de la crónica social. Y una cosa sí nos ha quedado clara. A partir de ahora, las cosas van a ser mucho más aburridas sin ella.