En el punto de Mila

Tiemblo pensando en las Campanadas

Mila Ximénez

27 de diciembre de 2017, 07:00 | Actualizado a

Ya llegué a Amsterdam, así que empiezan mis navidades. Van a ser cortas porque tengo que volver pronto a Madrid para empezar los ensayos de las Campanadas. Lo cierto es que aún no me he dado cuenta de que empezaré el año en la Puerta del Sol, como protagonista junto a mis compañeros de una escena que veo desde niña, viviéndola como el gran ritual del año. Jamás pensé que algún día formaría parte activa de él. Jamás. Pero así será, y ya empiezo a sentir ciertos temblores ante la responsabilidad.

Ha sido un buen año en general. No puedo quejarme. La salud volvió a casa y proyectos trabajados durante mucho tiempo se están convirtiendo en una realidad exitosa. Así que todo va bien. Profesionalmente hemos tenido un poco de todo, aunque lo cierto es que ni los empalagosos y cada vez menos creíbles Preysler/Llosa, el sorprendente dúo musical Campos/Bigote, o el culebrón interminable de los Echevarría/Bustamante nos van a sellar la memoria de este año que agoniza. Sorprendentemente, el glamour ya no vende, al parecer. Lo que mueve y conmueve ahora es vivir historias que no esconden sus vísceras. Las flatulencias emocionales se aplauden y los emparejamientos y abandonos no se disfrazan con comunicados perfumados de cursilería y mentiras a medias. No. Ahora se lleva abrir la puerta de los dormitorios y mostrar los restos del último encuentro con tu amante, y convertir a la legítima en un personaje desdibujado y lastimero. María Lapiedra se ha convertido en el ariete que ha conseguido derrumbar el pacto de silencio de ‘las otras’ y, de momento, está saliendo airosa.

Me prometí comentar la nueva andadura de Teresa Campos como intérprete musical junto a Edmundo. Me cuesta. Por un lado, no me gusta verla dándole la mano continuamente a un Bigote que se autodeclara independiente y triunfador en su ámbito profesional. Creo que a ambos les perjudica. Pero también es cierto, y así lo dije, que no puedo evitar alegrarme por verla disfrutar de sus proyectos en común. O, al menos, eso parece. A cierta edad cualquier aventura es un regalo que hay que abrir. Bueno, pues eso.

Ahora voy a intentar desconectar unos días de mis parodias diarias y ocuparme de Victoria, que no para de reclamarme mientras escribo el blog. Y no tiene la virtud de la paciencia, precisamente. Ni yo tampoco, y es hora de disfrutar mis vacaciones. ¡Felices fiestas!

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