En el punto de Mila

"Pantoja está cómoda revolcada en el charco de la polémica y el escándalo"

Mila Ximénez
Isabel Pantoja
Gtres

8 de febrero de 2017, 07:00

Ha sido una semana alejada de asuntos ordinarios. ¡Ya nos tocaba! Estaba hasta la coronilla de los asuntos falderos del rey emérito y sus reales amiguitas. Yo he puesto una talla y estoy sometida a una dieta que me ata de nuevo al régimen isleño. Donald Trump, del que no me puedo despegar, sigue siendo el rey de su propio reality y esta vez desde la Casa Blanca, batiendo récords de audiencias; y los abogados de Isabel Pantoja e Ivonne Reyes no paran de hacer horas extras para blanquear la imagen de sus clientas.

La reaparición de isabel

Y hablando de blanquear. Reaparece la Panto en un programa de televisión con más dientes y más ácido hialurónico que nunca, pero con las mismas muescas de amargura –aunque intente disimularlas– en sus gestos, envueltos en un histrionismo que produce descrédito. Es una mujer que ha conseguido estar cómoda revolcada en el charco de la polémica y el escándalo.

Pantoja consigue mover su cola de sirena con la misma facilidad en una ciénaga que en aguas cálidas. Su abrevadero es el mismo que el de los animales en el desierto. Tiene una habilidad especial para encontrar el maná que la alimente en terrenos yermos. Es un ser opaco que solo puede brillar a través de los que le dan energía. Y consigue esos generadores con la habilidad de los tramposos emocionales. La Pantoja puede salir de una celda sonriendo porque la oscuridad es su zona de confort.

Seguidores, estrellados

Una vez entré en Cantora. Olía a tierra de nadie. Después se pobló de gente que rellenó un espacio que estaba cargado de karmas embarrados. Isabel Pantoja arrastra a los que la siguen a una caída libre a ningún sitio. Todos están abocados a despeñarse de la tirolina que los llevará a estrellarse contra la realidad de un mundo sin su diosa. Y ella los dejará estamparse sin ofrecerles el más mínimo apoyo, porque sabe que pocos se quejarán de sus lesiones. Tienen difícil manejar la rabia, atada a un sentimiento de nostalgia.

Tenía la intención de hablar de los premios Goya. Pero no me han producido más emoción que ver a una Penélope Cruz enfundada en un vestido de Barbie que le impide pasar de muñecona sexy a mujer elegante que no puede salir de la asfixia de una chica de barrio venida a más.

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