En el punto de Mila

"Me dicen que Rocío tachó a Rosa de soplona"

Rosa Benito Mila Ximénez
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Gran Hermano Vip

9 de marzo de 2016, 07:00

El viernes, estuvo Rosa Benito en el ‘Deluxe’. A Belén y a mí nos metieron en la sala de reposo. Nada extraño teniendo en cuenta que mi director tenía que sacar heces de un cadáver. Desde la información visual que me daba una cámara lejana y sin ningún interés por dar información gestual falsa, vi a Rosa Benito saludando a la felicidad con los ojos más tristes que le he visto. Cuando quería reír, era una máscara veneciana. Cuando intentaba llorar, hacia muecas esperpénticas que incluso hacían reír al público. Ella cree que la odio. Para nada... El odio es la furia de los débiles. Eso se lo dejo a ‘la Chayo’.

Rosa nunca estuvo

Me habría gustado tener enfrente a una Rosa que fuera capaz de saber y entender que estaba en un momento perfecto para discernir, que salivar contra sus compañeros era una hoja de ruta errónea. Pero ella vive rodeada de murmullos de gente a quien el fracaso impide entender con generosidad el éxito que ella un día creyó tener y tal vez tuvo. Pero los mismos que la auparon para que fuera una fuente de ingresos sin más no le consintieron que los dejara en la cuneta de los falsos mecenas de la mediocridad. Ellos la vendieron como una telonera que les siguiera abriendo paso a los herederos de la Jurado.
Pero no contaron con que un día ella se convirtiera en la Anne Baxter de ‘Eva al desnudo’. Rosa puede ser buena y profundamente mala. Yo también, supongo. Pero la diferencia es que nunca tuve que asear los estados de ánimo de una familia que le dio un sitio a cambio de blanquear las paredes que manchaban con secretos fuera de su alcance. Rosa nunca estuvo. Solo la dejaron estar a ratos. Y ella lo sabe. Me cuentan que Rocío la consideraba una soplona. Nunca he sabido si era cierto. Pero lo que es real es que Rosa siempre miró desde bambalinas con un peine en la mano y miedo en los ojos. Esos ojos que hoy miran al frente con la altivez de los torpes y la tristeza de la ceguera que dejan unos focos de neón, que absorben tus rictus como un enemigo, que te caricaturizan sin piedad. No puedo decir que esté acabada. No me atrevería. Sí tengo la sensación de que está a punto de hacerse un ‘selfie’ en el pico de una montaña y su debilidad puede precipitarla. O su debilidad o ese entorno que la asfixia. Pero es cierto que cada animalillo elige su guarida. Ojalá le cubran en tiempos de lluvia. Pero “demasiado tardíos los laureles que florecen sobre la tumba”, como escribió el poeta Marcial.

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