En el punto de Mila

"A María la vida le tiene algo bueno preparado. Estoy segura"

Mila Ximénez
María Patiño

11 de enero de 2017, 07:00

Atención a los nuevos entes mediáticos. Estos son una especie que se ha alimentado de las sobras de un banquete que han relamido con la misma hambre que el desprecio. Se dispersan por los platós como Gremlins en una piscina. Se mueven con torpeza y el atropello les parece una forma de disimular sus deficiencias en su carrera a ningún sitio. Es fácil reconocerlos. Tienen la mirada de los necios, rastreando el aplauso de los colegas de callejones. Llegar a la meta sin haber hecho un recorrido como Dios manda te regala un trofeo de hojalata que se romperá en el primer envite.

Una vez dicho esto, vuelvo a la realidad sin maquillaje. Ha muerto el padre de mi compañera y amiga María Patiño. Nos mandó un mensaje desnudo de miedo, con una foto abrazando a su padre y con un texto tan simple como desgarrador: “Se me va”. Todos entendimos que era un grito de auxilio pidiendo un abrazo. Y nos fuimos a Sevilla a estar con ella cuando se cumplió el tiempo. Me enterneció verla tan pequeñita, mirándonos con los ojos de una niña que recibe un regalo. Los Reyes Magos no le habían traído nada. Todo lo contrario. Pero la vida le tiene algo bueno preparado. Estoy segura. María se está convirtiendo en un foco de energía positiva. Y eso le hace una luciérnaga mágica. Nos despedimos en Sevilla y yo continúo mi viaje a Valencia. Hoy es la ultima función de Jorge, y quería estar. He comido en el hotel con él. P., la Mari y la familia de ambos. Me han hecho sentirme uno de ellos, y después de una despedida triste, agradezco esta bienvenida.

Lágrimas en la última función

En la última función de ‘Iba en Serio’ de Jorge Javier me encontré con un teatro a reventar y una compañía con una cara de tristeza que te encogía el alma. Salieron a darlo todo. Y se notó. El silencio de la gente en los momentos emotivos pasaba a las risas y los aplausos con los números de humor. Una obra que pese a haber visto muchas veces disfruté como la primera. Y sí, lloré. Y mucho. Lloré de emoción por verle con tantas tablas en el escenario de sus fantasías infantiles. Lloré en el recuerdo de la muerte de su padre. Me venían imágenes de María despidiéndose del suyo. Y sobre todo, lloré porque esta obra habla de destinos forjados en la disciplina y de los sueños cumplidos. Terminada la función, volvimos a Madrid. Jorge intentaba hablar con alivio de un descanso merecido, pero le conozco y había mucha nostalgia en el discurso. Me pregunta qué titular voy a dar de la noche. Lo tenía claro: ¡Un éxito apoteósico!

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