En el punto de Mila

Carta abierta a Laura Matamoros

Mila Ximénez
Laura Matamoros y Kiko

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17 de febrero de 2016, 07:00

Siempre que me siento a escribir me hago esta promesa: hoy... ¡no me meto en líos! Voy a hablar de cosas que no tengan repercusión mediática para que no me den la brasa o de gente que tampoco tiene interés. Y lo haría, como por generación espontánea, con lo que saliera de mi teclado. Por ejemplo, la novia de Kiko Matamoros, María José, alias Makoke. ¡Pero me aburren tanto estos corpóreos!
Hoy me voy a abrazar como una niña con recuerdos amargos que trepan burlando la poda a la sustancia de Laura Matamoros.
Solo me mueve el alma la gente que la cede en el corredor de la muerte y espera y desespera hasta que se haga justicia. Cuando veo a Laura Matamoros en el confesionario quiero correr hasta donde esté para desatarla del miedo y del dolor.
Tiene una belleza antigua y casi perfecta. Solo la desdibujan los surcos que le ha dejado una vida diseñada por adultos sin alma y sin calma. Tiene esa mirada de niña esperando siempre un abrazo –al tiempo que un castigo–, que me desgaja. La veo vestida de doncella, dándole un masaje a su padre en las manos.
Y el dolor que me produce la ausencia de sentimientos de Kiko Matamoros me hace vomitar y revolverme con imágenes de un pasado reciente: el de anoche en el ‘Deluxe’. Una madrastra vestida de marcas falsas y sonrisa atrapada por un bótox desviado.
Nunca he disimulado mi cariño por los Matamoros de Abajo (los hijos de Kiko con Marián Flores, entre los que se encuentran Diego y Laura). Ni mi falta de empatía por los Makokikos de La Finquilla (la familia que formó Kiko tras su separación, residentes en la lujosa urbanización La Finca).
Unos han tenido que sobrevivir a un padre ausente, según ellos, y a una madrastra sin sentimientos, sin el más mínimo ánimo de darles una manta en noches de nieve. Los otros, abrigados en edredones rellenos de plumas de aves cazadas a golpes de perdigones mediáticos.
Tengo la sensación de que los Makokos consideraban tan molestos a los Matamoros de Abajo, como las moscas que se te pegan en una tarde de cuerpos rellenos de silicona, ávidas de golosinas.
Y para terminar... ¿Sabéis lo que me sale de un alma que se ha limpiado a base de golpes, y a una cordura que ha estado sometida al temblor de la crítica durante muchos años?
Me produce curiosidad saber cómo estos funambulistas encontrarán la cuerda que les permita seguir caminando a golpes de trampas sin que las lianas les ahoguen el cuello.

 

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