En el punto de Mila

Algunas demandas del honor son un disparate

Mila Ximénez Jorge Javier Vázquez
Mila Ximénez

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13 de diciembre de 2017, 07:00 | Actualizado a

Me produce cierta preocupación ver cómo la justicia se está convirtiendo en un coladero de vagos y delincuentes. La Ley se hizo para proteger a víctimas de cualquier agresión que la violara. Pero parece ser que los que viven al margen de esta han encontrado un respiradero que les proporciona oxígeno legal para ser retribuidos si les sale bien la jugada.

Toda una trama de personajillos que, después de arrastrarse por los platós vendiendo su mercancía, al ver que esta no tiene salida ya en ningún mercado se acogen la mayoría de las veces a un abogado de oficio y reclaman no sé qué derecho al honor y a la intimidad para seguir viviendo del menudeo. Honor e intimidad –repito– que han puesto en venta mientras tenían compradores. La jugada es perfecta. Si pierden, no tienen responsabilidades porque suelen declararse insolventes. A Dios gracias.

Otros, en cambio, deciden pasar por taquillas diferentes. Eligiendo el trabajo, Jorge vuelve al teatro y huele a éxito antes del estreno. Este viernes fue taquillero por unas horas en el teatro Rialto y no defraudó. P. pasó por casa esa mañana y me enseñó orgulloso la concentración de medios y gente que se agolpó para verlo. Ambos nos mirábamos con caritas de padres satisfechos. Que les amo no es un secreto para nadie. Pero, sobre todo, y lo he dicho muchas veces, me produce casi más admiración la capacidad de trabajo de Jorge y la valentía que pone en cualquier proyecto. Él habla de sus miedos, y yo vivo cada día los trayectos que recorre sin mirar el abismo. Cada vez que emprende una aventura, sé que lo voy a perder en las mías. Pero las disfruto viendo como las comparte conmigo con la misma mirada que mis nietos cuando me cuentan sus aventuras favoritas.

Sí. Es domingo y siempre me atrapa la tristeza. Pero también estoy aprendiendo a bailar con ella, mientras recorro mi laberinto eterno. Es cierto que estoy renunciando a abrazos mañaneros, a viajes a cualquier sitio donde solo me agote la risa y las complicidades entre copas. Sin embargo, me alivia mirar a mi alrededor y ver que la gente a la que amo sin reclamo de devolución están mirando la lluvia a través del arco iris. Y me consuela saber que al final de mi trayecto ellos estarán esperándome con una copa de vino en algún chiringuito con canciones de Alborán. Mis peticiones al universo se reducen a que la gente que amo siga en mi vida brindando por el éxito.

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