El bulevar

"¿Malos ratos en tv? ¡Pues claro! Pero solo mantengo lo bueno en mi memoria"

Maxim huerta

16 de septiembre de 2015, 07:00

A partir de esta semana, Màxim será una de las firmas más destacadas de Lecturas. En sus líneas descubriremos el mundo hasta ahora desconocido de uno de los rostros más populares de la televisión: qué siente, qué opina, cómo ve la actualidad, qué le emociona. Sus palabras se reflejarán en 'El Bulevar'

Cuando era un niño de pueblo, que sigo siéndolo, y la adolescencia se colaba en mi habitación, soñaba con ser periodista. ¡Periodista! Pero los sueños, lejos de la capital, son imposibles. Tan imposibles que cuando me preguntaban qué quieres ser de mayor decía: maestro. Eran los años setenta. Sin embargo, cada vez que veía el parte en TVE me imaginaba de presentador de informativos en la televisión o con un micro al pie de la noticia. “Estás loco. Mejor médico”, decía entre dientes mi padre. “Si sueñas, llegará”, decía mi madre viniendo de la cocina. Y llegó. El chico de pueblo se hizo periodista y fue presentador.  Ahora cierro la etapa televisiva hasta… ¡Dios dirá! No es un adiós, es un hasta pronto. Por eso ha sido tan difícil despedirse de Ana Rosa Quintana. Porque no solo decía adiós a una compañera, también a un sueño cumplido.

Solo mantengo lo bueno

De los 18 años que llevo en televisión, 11 los he pasado junto a Ana Rosa. ¡Hay matrimonios que duran menos! En este tiempo he visto cambios de papas, de reyes, de gobiernos y de alcaldes. Pero, sobre todo, me he visto crecer profesionalmente en un plató que era una casa y una familia. ¿Malos ratos? Pues claro. Pero de la misma manera que uno no recuerda lo fuerte que era un dolor de muelas, yo solo mantengo lo bueno en mi memoria: un álbum de fotos lleno de recuerdos que cierro ahora con una sonrisa.
¿Qué cómo me siento? Feliz, liberado de miedos y libre para que entren otros distintos. Y además, algo que no entiendo a estas alturas, me siento culpable de sentirme bien. Debe ser un pensamiento cristiano que se queda pegado a la ropa como el perfume de un amor o el olor a tabaco. Así es, me siento culpable de estar feliz. Por eso he estado como Escarlata O’Hara –’ya lo pensaré mañana’– aplazando el momento de hacerlo público. “¿Te costó?”, me preguntan. ¡Vaya que si me costó!

 

 

 

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