El bulevar

"La vida junto a Bibi es más vida"

Màxim Huerta
maxim huerta y bibiana fernández

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Amigos famosos

30 de septiembre de 2015, 08:46

Los amigos son esos extraños seres que nos preguntan cómo estamos y se esperan a oír la contestación. Están en el aplauso y en el silencio. Están cerca. Llaman, les llamas. Y están a tu lado aunque prefirieran estar en otra parte. Están. Sin más. Y mientras algunos se esfuman como el humo de un cigarrillo, el humo de Bibiana Fernández se mantiene firme e intenso como el motor de un bólido de carreras.

Me subo a su casa, a su abrigo. El otoño ha llegado y anuncia novedades. Comentar el futuro próximo con Bibi es tan interesante como hablar del recorrido hecho, de los actores  de la Nouvelle Vague o de la moda que ha visto en Cibeles Fashion Week. Y entre todo eso, un café. Otro café. Ahora con anís. Yo, que no sé nada de trapos, vibro cuando esos vestidos de colores, que me enseña en el móvil, son narrados por ella. El de Jorge Vázquez, el de Juanjo Oliva, el de David Delfín... Los describe con tanta efusividad que todos los volantes me parecen olas de mar. Luego decidimos charlar bajo la enredadera del porche (creo que son glicinias) y hacernos fotos para instagram. Hace todavía algo de calor y apetece el aire limpio. Yo le cuento que en veinte días sale mi quinta novela, que quiero recorrer el país de firma en firma, de ciudad en ciudad, viendo a los lectores de cerca y tocándolos. Ese ritmo de trabajo, esa intensidad en las presentaciones, esos nervios… ¡Qué ganas! Todo eso es gasolina para la imaginación de quien escribe. Y Bibiana me escucha sonriendo y desplegando las alas de la tranquilidad y del “todo irá bien”.  En un momento de conversación, fuma creando una chimenea hacia el cielo mientras me dice, masticando las palabras, una de las frases que serán claves en su vuelta al teatro. Qué buen aperitivo, querida. Gracias.

Así se nos pasa la mañana entre los árboles del jardín: compartiendo los planes, algunos amigos que suben a comer con nosotros –Manuel y Marisol- y con los perros jugando como ardillas entre los pies descalzos.

¿Y qué voy a decir sobre ella en este momento? La importancia de la amistad. De esa confianza sin hipotecas, sin plazos y sin impuestos. Mi Bibiana Fernández siempre abre las puertas de la casa y las del corazón con la misma intensidad. Urge clonar gente como ella, con oxígeno limpio y positiva. Gente que no te cobre por los besos ni espere otros a cambio. Cuando la conocí, hace ya de ello muchos años, fue como si me colara en su laberinto. Porque Bibi es un alboroto de juegos, de interrogantes y de respuestas. Cuando la conocí, digo, y escuché como hablaba, cómo afrontaba los problemas y cómo buscaba soluciones a la vida, cómo contaba las anécdotas y cómo provocaba otras, me di cuenta de que yo era un hombre privilegiado. Muy afortunado por tenerla tan cerca. Tanto que seguramente alguna de sus míticas frases se habrán colado en mis novelas como oxígeno. Y así hemos llegado hasta hoy.

Mientras esta semana discurre incierta, su presencia, su abrazo y su beso se convierten en el hogar que necesito. La amiga que aprieta los huesos débiles, que encaja las piezas y que aclara las dudas.

Hablamos de la tele que nos gusta, de las entrevistas a divas como Verónica Castro y compañía, del cine que hemos visto y que nos apasiona, de las cantantes mexicanas, de amores pasados y… de los vestidos que quiere ponerse para ir a Sevilla. “Me encanta este negro de Martín Berrocal, ¿te gusta?”, me pregunta. La foto llega por mensaje. Es maravilloso. Parece hecho para ella. Mientras la miro emocionarse con el escote y los volantes que la harán más bella, pienso en mi suerte. La rubia es un regalo. Porque la vida junto a Bibi es más vida.

Luego volvemos a las anécdotas y a las canciones. Tarareamos alguna y se nos pasa el día soñando con planes futuros.

Bibiana tiene una memoria prodigiosa, de disco duro y de doble almacenaje. No conozco a nadie, N-A-D-I-E, que recuerde los detalles, las fábulas y los acontecimientos con tanta gracia. Así que dentro de un tiempo le pediré que me recuerde estos días de otoño llenos de incertidumbre. Que falta me hará. Porque seguro que Bibi le pone otra pizca de sal, más pimienta, algo de estragón y poquito de clavo. Nadie cocina las palabras como ella.

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