Corte y confección

Rocío Carrasco, entre el amor y el odio

Rocío Carrasco
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Bodas famosos

8 de septiembre de 2016, 10:53

Rocío Carrasco y Fidel Albiac ya están casados, lo han hecho por todo lo grande encerrados en una finca de Toledo y rodeados de un nutrido grupo de invitados, más de doscientos, dicen, entre los que no estaban los hijos de la novia: Rocío y David. No habría más que decir pero sigue sorprendiendo que tanto los novios como los que dicen ser sus amigos participen de la fiesta olvidándose de unas ausencias tan significativas, un silencio cómplice que no hace más que convertir la boda en una contradicción en sí misma: la celebración del amor esconde unas altas dosis de odio.

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Aún sin reponerme de la entrevista a Antonio David Flores, que desde las páginas de Lecturas desgrana la historia terrorífica de la ruptura de las relaciones de su ex mujer con su hija mayor y adelanta, además, que el otro hijo en común seguirá en breve los pasos de su hermana, asisto a la llegada de invitados al recinto blindado donde Rocío y Fidel se dieron el sí. A todos se les pregunta por el estado de ánimo de los novios y todos contestan con las diferentes variaciones de “están tranquilos” o “muy felices”, un mantra que se repite desde que la hija de Rocío Jurado anunció su segunda boda. Entre los invitados muchos amigos, algunos de reciente adquisición, y otros, como las Campos, (vestidas cual árbol de Navidad) convertidas en familiares de adopción, y hasta algunos parientes sacados del armario, como unos Jurado, que deben ser primos de la cantante, y unos Carrasco, de la rama del boxeador, colocados entre los invitados para que la novia pueda demostrar que no es verdad que ha roto con la práctica totalidad de su familia. Gentes felices y animadas dispuestas a compartir con los novios un momento (bueno han sido varios porque los festejos han durado casi tres días como las bodas indias) inolvidable pero todas participes, finalmente, de la ley mordaza que les impide rozar el tema tabú.

En las bodas la gente suele pasárselo bien sobre todo hacia el final, pero, en general, son también escenario propicio para el llanto. De emoción por la felicidad de los contrayentes o por el recuerdo de los ausentes, la mayoría muertos, claro, que son los que más pena dan y los que mayor cantidad y volumen de lágrimas provocan. Son también momentos para los reencuentros familiares, ya se sabe que junto a los entierros, las bodas son las ocasiones propicias para volver a ver a parientes a los que la vida ha llevado lejos. En la boda de Rociíto, seguro que se lloró por los ausentes fallecidos pero falta saber si se lloró por los ausentes vivos, por las circunstancias que dieron lugar a un distanciamiento tan brutal que ni tan siquiera se entiende con las explicaciones de Antonio David. Rocío Flores no es la primera jovencita que no soporta al novio de su madre y prefiere irse a vivir con su padre, ni la primera que le amarga la vida a todos, ya se sabe que la adolescencia es muy mala pero, aún así, y aún admitiendo que Antonio David pudo manipular a su hija, sigue siendo incomprensible que con el tiempo, el amor, la entrega y la ayuda, incluso de profesionales, no se haya suavizado la situación para que los hijos puedan relacionarse con los dos padres, sin verse forzados a eligir a uno y apartarse del otro. No se me ocurre un sufrimiento mayor, ni un fracaso más evidente para los adultos que por activa o por pasiva han permitido este drama. Rocío ya era feliz con Fidel no hacía falta una boda tan sonada, a no ser que pretendiera lanzar un mensaje y demostrar que, definitivamente, no necesita a nadie más.

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