"Quizá Guillermo de Inglaterra espere a ser rey para, por fin, enterrar dignamente a su madre"

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Kate y guillermo
GTRES

26 de mayo de 2015, 07:00

Cómo han cambiado las cosas. Hace poco más de un siglo, ningún niño real dormía junto a sus padres sino en el ala de palacio destinada a los más pequeños donde un ejército de niñeras cuidaba de ellos. El príncipe Guillermo, llamado a ser rey de Inglaterra, tras su abuela, la reina Isabel, y su padre, el príncipe Carlos, se ha quejado recientemente de que su hija, Carlota, no le deja dormir. A diferencia de Jorge, que era un niño super tranquilo, la hija pequeña de los duques de Cambridge que vino al mundo el pasado 2 de mayo ha salido peleona.

Después de dos semanas de permiso de paternidad, Guillermo ha vuelto al trabajo mientras Catalina sigue de baja y  permanece junto a sus dos hijos en la casa de Anmer Hall, una mansión que les regaló la reina Isabel situada dentro de la propiedad real de Sandringham, donde permanecerán aún algunas semanas hasta la ceremonia del bautizo de la pequeña que aún no ha sido programada.

Los príncipes Guillermo y Catalina han seguido el guión de los Windsor: su hija no se llama Diana, como la difunta, sino Carlota, en homenaje al príncipe Carlos y, porque, además, está de moda. Como complemento, la niña será bautizada también con los nombres de Isabel, como la bisabuela y actual soberana británica y, en tercera posición Diana, para cumplir y basta con la mujer que más popularidad aportó, y también más daño hizo, a la Corona británica. Los duques de Cambridge han evitado a su hija futuras comparaciones con su abuela paterna, pero con la elección y el orden de los nombres también han puesto en evidencia que el recuerdo de Diana sigue levantando ampollas.

En la elección del nombre de su hija, el príncipe Guillermo ha dado un paso atrás si recordamos su gesto al comunicar su compromiso matrimonial.  El 16 de noviembre de 2010, cuando anunció su boda con Kate Middleton, la novia lució el mismo anillo con el que Diana Spencer había aparecido en público el día de su pedida de mano, un ya lejano 24 de febrero de 1981.  Aquello sí fue fuerte. Guillermo había heredado la joya tras la muerte de Diana el 31 de agosto de 1997, la guardó durante 13 años y, en plan homenaje a su fallecida madre, se la regaló a su prometida. Menudo yuyu; un anillo maldito, a pesar de su zafiro de 18 kilates y los catorce diamantes que lo rodeaban, no solo porque Diana lo llevaba puesto el día que murió sino porque, sinceramente, como símbolo de compromiso no tuvo mucho éxito a juzgar por los reiterados incumplimientos de Carlos de Gales a lo largo de matrimonio. A pesar de que el príncipe Guillermo dijo que, con el anillo en la mano de Kate, querían que, de alguna manera, su madre estuviera presente en aquellos momentos tan felices, meses más tarde, en la ceremonia de la boda, celebrada el 29 de abril de 2011, la reivindicación del espíritu de Diana se había desvanecido y hasta sus hermanos, Sarah, Jane y Charles Spencer, más sus hijos, ocuparon puestos poco relevantes en la abadía de Westminster. El príncipe Guillermo ha demostrado que, por encima de todo es un Windsor pero Diana, con todas sus sombras, que las tuvo, con sus caprichos, su inmadurez y, sobre todo, con su grandísimo ego, era también su madre y algún día, seguro, reivindicará su figura. Quizá espere a ser rey para, por fin, enterrar dignamente a su madre.     

La pobre Lady Di, cuyos restos reposan en el islote artificial de un lago, también artificial, situado en Althorp, la finca familiar de los Spencer, lleva ya más de 17 años escondida en aquel paraje. Su vida acabó un 31 de agosto de 1997, cuando el coche en el que viajaba con su novio de pega, Dodi Al Fayed, se estrelló contra uno de los pilares de túnel del Alma, un paso subterráneo que transcurre paralelo al Sena y a la avenida Montaigne, de París. El porqué Diana de Gales y Dodi Al Fayed salieron aquella noche del hotel Ritz, donde no les hubiera faltado cama y comida, para emprender una loca carrera hacia la muerte es aún un misterio. La única certeza es que Diana murió con solo 36 años; sus hijos crecieron sin ella y sus nietos la conocerán por foto. 

 

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Por Mariángel Alcàzar

Mariángel Alcàzar es periodista desde que un día comprobó que su curiosidad podía ser también un oficio. Se ha especializado en casas reales, pero también le interesan las casas comunes donde habitan reinas y princesas, tanto las del pueblo como las de ciudad. Ejerce en tierra, mar y aire, es decir, prensa, radio y televisión.