Corte y confección

La ocasión perdida de Isabel Pantoja

Mariángel Alcàzar
Isabel Pantoja

2 de febrero de 2017, 10:06

Isabel Pantoja ha vuelto donde solía. En la serie Downton Abbey, la anciana condesa Graham, interpretada por la espléndida Maggie Smith, interpela a su nieta Lady Mary, a quien da vida Michelle Dockery, diciéndole que es la única mujer que conoce que se empeña en ser fría y distante. La cantante debería tener una abuela también que le dijera que ahora que puede presentarse ante el mundo como una mujer que, tras pasar por la cárcel, ha aprendido a ser humilde y cercana, no se entiende que siga manteniendo su papel de diva sin alma.

De la intervención de Isabel Pantoja en el programa El Hormiguero, que presenta Pablo Motos, se deducen varias cosas, la primera es que en la vida civil, la cantante se viste fatal, porque esos leggins brillantes y ese blusón de lentejuelas no lo lleva ni Rappel cuando va a un funeral, y sin embargo, el modelo de color grosella con el que interpretó las dos canciones al final del programa era fino, elegante, moderno y apropiado. Dicho esto, la ex amiga de Jorge Javier Vázquez lució un semblante raro, los ojos más pequeños aún si cabe y la cara algo hinchada; tanto pactar las preguntas que le iban a hacer y no se lo ocurrió pactar una iluminación como dios manda y unos filtros adecuados a su persona. Isabel ya ha cumplido 60 años pero también los ha cumplido Carolina de Mónaco y, en fin, no hay comparación posible.

De todo lo que pasó y se dijo el lunes en el plató de El Hormiguero, lo más surrealista no son los eufemismos a los que recurrió la cantante para referirse a la cárcel, finalmente concedió la entrevista en esos términos, sino haber perdido la ocasión de pedir perdón a tantas personas a las que defraudó, muchas desconocidas para ella y otras conocidas e incluso amigas.

Es cierto que la cantante ha cumplido con su deuda con la sociedad, según el dictamen de un juez, y por tanto si aplicamos la compasión y la tolerancia no deberíamos recordar a cada momento que ha estado en la cárcel como si eso fuera un estigma. Incluso ella puede reinsertarse en la sociedad pero, a diferencia de un preso anónimo, Isabel Pantoja debe también mostrar su público arrepentimiento, no sé si haciéndose el harakiri pero, al menos, reconociendo que se equivocó y que si le engañó su novio fue porque ella no sabe escoger los novios, ni tampoco las novias y, lo peor, ni tan siquiera sabe escoger a los amigos.

La historia de su vida demuestra que todo aquel que se ha acercado a ella con buenas intenciones ha salido trasquilado, cuando, por lo general, suele suceder al contrario. Puede que Julián Muñoz sea el profesional de la mentira al que se refiere en una de las canciones de su último disco, pero lo cierto es que el ex alcalde de Marbella debería estar incluido en la lista de damnificados de la cantante, finalmente ella está en la calle y él, medio muerto. Una lista por la que han transitado los familiares de Paquirri, con quienes peleó por la herencia y a quienes dejó de hablar cuando se quedó viuda; lo saben los hijos mayores del torero, a los que sigue hurtando los recuerdos de su padre; lo saben las amigas que ha tenido a lo largo de su vida, a quienes ha apartado de su camino en cuanto han dejado de bailarle el agua; lo saben sus empleados que puede que no conozcan la palabra lealtad pero a quienes ha malpagado la obediencia perruna que le han dispensado; lo saben sus enamorados/enamoradas de las que ha renegado y puede que lo sepan hasta sus hijos, especialmente su hija que, víctima de la letra escarlata de su condición de adoptada, les vio el plumero a todos.

Y si me apuran, puede que incluso lo sepan los que aún continúan a su lado, más por obligación que por devoción. Realmente la condesa Graham no entendería que una de sus nietas se comportara la Pantoja que pudiendo ser buena ha elegido el resentimiento y eso, como diría La Bombi, duele, sobre todo a ella.

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