Corte y confección

Meryl Streep se enfada con Chanel

Mariángel Alcàzar
Meryl Streep y Javier Bardem

28 de febrero de 2017, 12:21

Menuda ha liado Meryl Streep a cuenta del vestido que se puso el domingo para asistir a la entrega de los Óscar. La actriz eligió finalmente un modelo de Elie Saab pero estaba previsto que llevara un vestido de Chanel hasta que, días antes del evento, la firma francesa hizo público que, tras regalarle el que había encargado y que costaba 100.000 euros, la dama del cine pidió que, además, le paguen por lucirlo.

Si Bette Davis levantara la cabeza se daría con ella contra las estatuas gigantes del tío Óscar que flanquean la primera y auténtica alfombra roja de la que se tiene noticia, la de Hollywood: en sus tiempos era una vergüenza que una actriz se presentara en una fiesta con un vestido prestado, eso solo lo hacían las “starlettes”, dispuestas además a desnudarse en cualquier momento si un productor lo solicitaba. Antiguamente eran los estudios de Hollywood los que proveían a sus estrellas del vestuario, pero desde que los artistas son independientes entre sus obligaciones debería estar la de llenar su armario con sus propias adquisiciones pero, contrariamente y a pesar de sus abultadas cuentas corrientes, prefieren ejercer de percha de lujo no pagar y, si pueden, cobrar.

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A qué punto se ha llegado con las dichosas noches de gala que hasta una señora actriz como Meryl Streep, cuya fortuna debe ser mayúscula, habida cuenta de que lleva más de 40 años protagonizando películas de éxito, tiene el cuajo no solo de hacerse regalar un vestido sino encima exigir, o quizá lo hizo su estilista, que le paguen por llevarlo y, una vez descubierto el lío, cabrease por que Chanel la dejó en evidencia, mancillando su impoluta imagen de actriz comprometida.

La práctica del préstamo de un vestido de gala, regalo o contraprestación económica es habitual y no así se ha copiado en medio mundo. Pasa todo los días en España, en todas y cada una de las alfombras rojas, aunque sean de otro color, y no solo de festivales de cine, sino en las fiestas organizadas más como un escaparate que como un acto social. Por favor, si hasta Isabel Preysler fue a la cena que el presidente Mauricio Macri ofreció a los Reyes en el palacio de El Pardo con un vestido patrocinado.

En la última entrega de los premios Goya, nuestras actrices se dejaron vestir, algunas de horror como la simpática y buena artista María León, por su peor enemigo y todo por qué, porque era gratis. No es el caso de las modelos, tipo Nieves Álvarez que finalmente realizan su trabajo, y la mayoría de las actrices, por no decir todas, se prestan a que las vistan solo porque, en realidad, con la escasez de trabajo y la economía bajo mínimos no podrían pagarse el modelito.

No es el caso de Penélope Cruz, por ejemplo, que ni en sus mejores sueños pudo imaginar que su cuenta corriente alcanzaría cifras millonarias y, sin embargo, gasta poco en ropa, aunque algo más que su marido, Javier Bardem, que me gustaría saber a mí que porcentaje de sus ganancias devuelve a la sociedad, no ya en impuestos, que se supone, sino en ayudas solidarias, dada su impronta reivindicativa, sobre todo cuanto está en España, porque en Hollywood procura no criticar el sistema. Allí no se andan con chiquitas y los rebeldes pasan al cine independiente donde los sueldos no son millonarios.

A Penélope también le patrocinan el vestuario y, en la mayoría de las ocasiones, le sienta de pena. A ella le van los modelos de princesita Disney y no los de sexy Jolie que le colocan últimamente. Pe no estaba en los Óscar con su marido porque está rodando en Londres, por eso quizá Bardem salió de casa despeinado.

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