Corte y confección

"Marujita Díaz murió el lunes pero su estrella había muerto mucho antes"

Marujita y Sara Montiel en el homenaje a Maria Rosa en el 1994

25 de junio de 2015, 07:00

Tras la muerte de Marujita Díaz, las únicas supervivientes de lo que dio en llamarse el grupo de las folclóricas son Paquita Rico y Carmen Sevilla. Ellas junto a Lola Flores y, en otro estilo, Sara Montiel fueron las estrellas de la España de los 50, los 60 y parte de de los 70.  Dejaron la primera línea coincidiendo con el fin del franquismo, un régimen al que sirvieron como tantas otras personas y con el que, unas más que otras, se identificaron. No es una cuestión para echarles en cara, finalmente no fueron las únicas en reconvertirse, aunque todas actuaron en las fiestas que organizaba Franco en el palacio de La Granja, coincidiendo con el 18 de julio, una fecha que ahora ya muy pocos recuerdan pero que conmemoraba el día del Alzamiento Nacional, es decir el día en el que Franco y otros militares se sublevaron contra la República.

Lola Flores, siempre tan libre, fue quien mejor se adaptó a los tiempos. Era genial y generosa y, a su muerte, hace ya 20 años, nadie la hubiera identificado ya con el antiguo régimen;  aunque todas eran de derechas, la gran Lola Flores lo era un poco menos. Sara Montiel que, en sus adorables delirios, se declaró republicana y roja porque en sus años en México se había relacionado con intelectuales del exilio republicano, fue la más moderna y su paso por Hollywood y, sobre todo, su matrimonio con Pepe Tous, la alejó del círculo de folclóricas al uso.

Carmen Sevilla, a quien el Alzheimer le impide ahora disfrutar de los recuerdos de sus tiempos de gloria, tuvo una segunda oportunidad cuando aprovechó sus dotes para la tontería haciéndose la despistada, primero en el Telecupón y luego en Cine de Barrio. Fue su mejor papel y el que le permitió, además, tener unos ingresos para alargar sus rentas. Paquita Rico, la más señora, se apartó de la escena totalmente en los años 70 y afortunadamente para ella su imagen se conserva tal y como la dejó.

Maruja Díaz murió el lunes pero su estrella había muerto mucho antes, quizá desde el día en el que, de la mano de Dinio García, un cubano que se alquilaba a señoras, le dio por convertirse en uno más de los monstruos televisivos. Queda la duda de si, en los últimos años, a Marujita le tomaban el pelo o era al revés, pero cuesta creer que permitiera que la humillaran como había sucedido en algunos programas de televisión solo por seguir siendo popular. Dicen que no necesitaba salir en la tele por dificultades económicas, pues poseía joyas y pisos, los bienes que toda artista de las de antes debe acumular en los buenos tiempos para vivir de ellos en los no tan buenos. Quizá, como le sucedía a Sara Montiel, no supo acostumbrarse ni a la vejez, ni al anonimato, como sí le ha sucedido a Paquita Rico.

Como Sara, Marujita era muy mentirosa o, muy fantasiosa, palabra más apropiada en una necrológica. Sus peleas, tan artificiales como su amistad, les situaron por debajo de sus méritos. Sara también se enredó con un cubano, aunque Toni Hernández tenía muchas menos prestaciones que Dinio, en eso Marujita siempre fue más lista: ya que hacía el ridículo por lo menos que la tuvieran contenta aunque le costara dinero.

Marujita Díaz se casó dos veces pero poco. Una con Espartaco Santoni, un vividor venezolano que más tarde se casaría con Tita Cervera, y la otra con Antonio Gades que acabaría casado con Marisol, pero ambos le duraron poco. Sus mejores años, sin embargo, los tuvo ocupados con sucesivos amantes, señores de antes de los que regalaban joyas y de los que la trataban como la diva que fue. Una vez, a mediados de los años 80, un general retirado llamó al entonces jefe de la Casa del Rey Sabino Fernández Campo para que recibiera a su amiga Marujita para ver si le podía conseguir un trabajo en la televisión. Don Sabino recibió a la artista que llegó a la Zarzuela como si en vez de la residencia del Rey fuera el teatro madrileño de mismo nombre, maquillada y vestida con sus mejores brillos. No obtuvo lo que quería, y Marujita durante unos años pasó a la reserva, quizá al lado de su general al que igual le cantaba lo de “Banderita tu eres roja, banderita tu eres gualda…”. Luego se cansó del anonimato y volvió a escena: no parecía tonta, de modo que si se empeñó en hacer el ridículo sus razones tendría.

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