Corte y confección

Mario e Isabel estrenan la temporada de otoño

Mariángel Alcàzar
mario vargas llosa e isabel preisler opera madrid

24 de septiembre de 2015, 09:19

Los amores otoñales se llaman así porque se inician o los viven personas que están, por decir algo, entre los 60 y la muerte. De modo que la calificación sirve para definir la historia que protagonizan la pareja formada por Isabel Preysler Arrastia y Mario Vargas Llosa y que tan buen resultado en imagen y relaciones públicas les está dando. Otra cosa es preguntarse si hace falta estar todo el día en el candelero (el candelabro, que diría Sofía Mazagatos), si es necesario que día sí, día también los tortolitos aparezcan en público. Lo hicieron, por enésima vez, el pasado martes en el Teatro Real con motivo de la inauguración de la temporada de ópera que presidieron los Reyes.

Mario es polivalente y polifacético;  igual sirve para ejercer de chevalier servant de Isabel que para dar un curso de literatura en al universidad de Princeton (EE.UU.), sin olvidarse de avisar a los catalanes, desde el púlpito del Ateneo de Madrid, de las siete plagas que les esperan si optan por la independencia. Isabel, sin embargo, es más limitada, dicho con todo respeto, y solo ejerce de ella misma: siempre perfecta, siempre sonriendo, aunque cuando se deja fotografiar  por la calle y no controla la publicación de las imágenes, su cara no luce tan porcelanosa como en las fotos retocadas. No pasa nada, todas tenemos una edad, aunque pocas tienen el tiempo necesario para alicatarse antes de salir a la calle. Horas y horas para peluquería, maquillaje y estilismo (sin contar los retoques estéticos y la dieta draconiana para mantener el tipo)  tienen que dar resultado pero hay que reconocer que no todas pueden dar el pego como lo da Isabel.

La cuestión es que Mario Vargas Llosa, en su condición de patrono y presidente del consejo asesor del teatro real, acudió a la gala operística acompañado de Isabel Preysler, que, aunque lo parezca, no es ni su novia, ni su esposa, es, mal que le pese su amante, porque aunque él asegure que su matrimonio estaba roto y era pura fachada, no lo era tanto, sino una relación de 50 años con uno de los dos con más ganas de fiesta que el otro. A pesar de todo, y de lo que les criticarían si fueran otros, la presencia de Mario e Isabel en el teatro Real les confirmó como pareja de hecho, tan convencional como otras ilustres que se pavonean de codearse con los Reyes. Para empezar, Mario no pudo recibir a los Reyes, junto al resto de miembros del patronato del Real, porque la pareja llegó tarde, cuando don Felipe y doña Letizia, ya estaban dentro del teatro aunque, para no dar el cante, entraron por una puerta lateral. Los Reyes ocuparon su puesto en el palco real y los Vargas se sentaron en  la fila 6 de platea, lado butacas impares, y solo coincidieron, al igual que con el resto de invitados, durante el entreacto en el salón Goya.

En todo caso, la cuestión no es si la pareja quiere darse la pátina de ir a los mismos sitios que los Reyes, sino lo encantados de la vida que están ambos dos de ser objeto de atención pública. Ella, que llevaba ya algunos años en dique seco y prácticamente encerrada debido a la enfermedad de su último marido, Miguel Boyer, parece como un toro recién salido a la plaza y, él está encantado de volver a ser el “Vargitas”, el conquistador, como le definió su primera esposa, que también era su tía, Julia Urquidi.    

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