Corte y confección

Mar Flores, entre la ambición y la pasión

Mar Flores
Mar Flores y Javier Merino
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Rupturas de famosos

31 de marzo de 2016, 08:59

Mar Flores y Javier Merino se separan mientras Iker Casillas y Sara Carbonero se casan. Así es la vida, unos vienen y otros van y gracias a todos vamos alimentando nuestro interés por las vidas ajenas. El empresario y la modelo han dado la campanada cuando ya nadie se lo esperaba pues parecía que, por fin, Mar había conseguido conformarse con la estabilidad y la vida acomodada que siempre buscó. La pareja nunca acabó de encajar del todo, pues sobre ellos siempre planeó la sospecha de que el empresario no fue más que el refugio en el que Mar se protegió de una debacle provocada por su continuo discurrir entre la ambición y la pasión.

El boom de Mar Flores, a primeros de los años 90, coincidió con la salida de Isabel Preysler del mercado tras su boda con Miguel Boyer. La modelo incluso pensó en llegar a ser la sustituta de Isabel como reina de corazones pero le faltó determinación y, sobre todo, dedicación y buen ojo. Ya se había equivocado al elegir como marido a Carlo Constanza de Costigliole, un ejecutivo italiano que desembarcó en España en los primeros años de Tele5, que le dio un hijo y un matrimonio de pesadilla al tiempo que ella descubría que no era ni conde, ni rico.

Una vez separada, Mar parecía haber logrado su objetivo al ligarse al empresario Fernando Fernández-Tapias que le ofreció una vida de lujo a cambio de lucirla y lucirse con sus amigos. Fernández-Tapias tenía 60 años en la época en la que salía con Mar que rondaba los 27: el millonario y la guapa, la historia no puede ser más típica pero para que salga bien la joven tiene que ser consciente del precio que debe pagar por lo que han pagado por ella: fidelidad absoluta. Fernández–Tapias llegó incluso a financiar una película “Resultado Final”, dirigida nada menos que por Juan Antonio Bardem, para que Mar cumpliera su sueño de ser actriz, aunque el resultado fue desastroso. El empresario también ayudó a la modelo a recuperar la custodia de su hijo Carlo que vivía con su padre en Italia y convenció al entonces alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, buen amigo de Fernández-Tapias, para que escribiera una carta en la que certificaba que Mar era muy buena madre.

Pero a Mar le perdió la pasión y simultaneó su relación con el millonario con la que mantuvo con Alessandro Lequio, caballero encantador y, en aquellos tiempos, muy golfo. Tapias, según cuentan, sospechó de su novia y le puso un detective que descubrió el enredo y dejó a Mar compuesta y sin novio y lo que es peor sin la casa que el millonario había prometido regalarle y sin todas las prebendas que habría podido obtener. En este tipo de historias, el millonario no soporta que le dejen en ridículo.

Fernández-Tapias ya sabía lo que después supo todo el mundo gracias a unas fotos publicadas años después cuando Mar Flores ya se había emparejado con Cayetano Martínez-Irujo que no era tan millonario como Tapias, pero era conde de verdad e hijo de la duquesa de Alba. Poco después de que Mar Flores acudiera como invitada a la boda de Fran Rivera y Eugenia Martínez-Irujo, la modelo fue víctima de supropia tontería y de la ambición de algunos personajes que la rodeaban y que la traicionaron publicando las fotos que se había hecho en la cama con Alessandro Lequio, fechadas en la época en la que salía con Fernández-Tapias.

Mar Flores tuvo que ser ingresada víctima de un ataque de ansiedad y aunque Cayetano, todo un señor fue a visitarla, su imagen se hundió y también sus ambiciones. En esas regresó a su vida, Javier Merino, que había sido el dueño de la agencia de modelos en la que Mar empezó su carrera y que, al parecer, siempre estuvo enamorado de ella o llámale X, porque más parecía que no soportaba que Mar tuviera otro dueño. Agazapado, esperó durante años a que la modelo no tuviera más salida que encerrarse en su jaula de oro y llegó el momento, cuando, hundida en la miseria, le vio como su salvador.

Bueno, el asunto ha durado 18 años y sinceramente, Mar siempre ha tenido un deje de tristeza y Merino, cara de malas pulgas. Nunca pareció un matrimonio feliz, ni tan siquiera medido como uno de conveniencia, es decir que les convenía a ambos: él conseguía por fin que Mar fuera solo suya y ella disfrutaba de la vida que soñó: una buena casa en el barrio más caro de Madrid, cuatro niños y un reconocimiento social.

El problema de Mar es que nunca estará a la altura de su leyenda.

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