Corte y confección

Málaga se queda sin Banderas

Antonio Banderas

20 de mayo de 2017, 14:38

Antonio Banderas se ha enfadado porque su proyecto de convertir dos antiguos cines de Málaga en un centro cultural internacional le ha situado en el centro de una polémica política. Desde que se supo que el celebrado actor se echaba atrás, dolido porque algunos de sus paisanos pusieran en duda su honorabilidad al ver algún tipo de trapicheo en la concesión pública de proyecto, se han multiplicado los lamentos por la oportunidad perdida pero también se han hecho públicas algunas opiniones, no tan encendidas, en las que, sin restar méritos a las intenciones del actor, se ponen también sobre la mesa algunas consideraciones como la de que España es, sin duda, un país de envidiosos pero también de papanatas y aduladores.

El actor malagueño es un gran relaciones públicas de sí mismo. Su matrimonio con Melanie Griffith le permitió codearse con las familias reales de la meca del cine y, pasito a pasito, protagonizando películas que no pasarán a la historia pero que dan mucho dinero, ha logrado alcanzar un reconocimiento artístico y un nivel económico extraordinario que quizá otros merezcan más pero que Banderas se ha ganado a pulso y vete a saber tú qué sapos habrá tragado hasta llegar a la cima.

Triunfar en Hollywood está bien pero que lo sepan en tu pueblo es aún mejor. Antonio Banderas no ha perdido las raíces y desde sus primeros triunfos siempre regresó a España como el emigrante que volvía de Alemania con su Mercedes (coche) y paseaba a los niños y ancianos. Volvió para participar en las regatas de la Copa del Rey de Palma; para quedarse con la casa que en su día Encarna Sánchez levantó en Marbella pasándose la ley de costas por el forro; para firmar un contrato con la firma de perfumes Puig para la elaboración de varias colonias con su nombre; para poner en marcha una serie de restaurantes posada que tuvieron que cerrar; para comprarse un ático en el centro de Málaga para ver sus dominios; para colocarle la mantilla Melanie, (aunque no a Nicole, que se resiste) y para él mismo cubrirse con un capirote y ejercer de hermano (y con los años de mayordomo) de la cofradía de la Virgen de Lágrimas y Favores. No todo es brillo de estrellas, también ha invertido en una empresa de películas de animación que incluso compitió por un Óscar y ha producido, en su tierra con jóvenes actores malagueños, la película “El camino de los ingleses”.
Para completar sus acciones, Banderas es el alma de la gala benéfica Starlite, marca que también engloba el festival del mismo nombre que todos los veranos organiza en Marbella Sandra García-San Juan. En este punto es cuando la cosa se complica. Sandra García-San Juan y el arquitecto José Seguí eran socios de Banderas en el proyecto cultural de Málaga que se ha ido al traste tras la retirada del actor.
La empresaria promotora de Starlite suele amagar con llevarse el festival a otra ciudad si las administraciones públicas no le apoyan y la gala benéfica más parece la cuota necesaria de obra social para obtener ganancias con negocio del festival. Para completar el lío, el tercer socio es el arquitecto Seguí, a quien llaman “el mago” porque su estudio gana todos los concursos públicos y firma muchas de las grandes obras licitadas en Andalucía. Dos nombres, los de los socios de Banderas, cuestionados y vigilados con lupa.
Antonio Banderas se ha enfadado y con él quienes interpretan que los que han puesto en duda el proyecto y se lo han cargado son, además, de provincianos unos izquierdosos y unos envidiosos. A lo mejor los provincianos son los que durante años han caído deslumbrados por el brillo de una estrella de Hollywood y el cabreo de Antonio Banderas no sea solo un lamento por la oportunidad (quizá de negocio) perdida sino por comprobar que, por primera vez, las aguas no se han abierto a su paso.

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