Rocío Carrasco

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18 de julio de 2017, 12:45

Aún no repuesta del duelo paterno filial protagonizado por Andrés Caparrós y su hijo Alonso, llega a nuestras pantallas la enésima temporada del drama familiar Rocíito vs Antonio David. Todas las peleas son malas pero las hay comprensibles y que, incluso, tienen leyenda, refranes y aforismos siendo las más comunes las que protagonizan antiguas parejas por aquello de que “del amor al odio, solo hay un paso”. Los ex enamorados no se reconocen en las palabras de amor pronunciadas al inicio de una relación cuando, años, meses e incluso días después, en algunos casos, se separan y se dicen el nombre del puerco. A pesar de que otro dicho afirma que “dos no se pelean si uno no quiere”, no es del todo cierto, ya que, al menos en público, en casos como el de Feliciano López y Alba Carrillo fue está última la que más largó. Por cierto, su paso por 'Supervivientes' tuvo una primera etapa en la que la modelo cimentó su imagen de locuela y pesada que te llevaba a comparecer al pobre tenista, pero ahora, tres o cuatro meses después, a punto de salir de la isla, Alba ha mejorado su imagen y ya no está tan claro que fuera ella la que se buscara la ruina matrimonial. Es más, que Tele 5 haya programado un especial Bertín Osborne en la casa de Feliciano López confirma que su exmujer está ganando puntos y puede fastidiarle el acuerdo de divorcio.

Feliciano tiene derecho a despotricar contra su ex, al fin y al cabo, ella empezó primero pero esta feo que lo haga cuando ha comprobado que la opinión pública ya no le considera víctima sino, como mínimo, corresponsable de la ruptura.

Pero volvamos a las peleas entre padres e hijos. Andrés Caparrós, y lo digo porque lo conozco, es un bendito, con una voz prodigiosa que le llevó a lo más alto de la radio y si no acabó en el olimpo de las figuras históricas fue porque, a diferencia de otros, no quiso ser comunicador periodista, sino comunicador artista, como el gran Arribas Castro. Que venga ahora su hijo, Alonso, que no le llega ni a la suela de los zapatos, y que si ha hecho algo en la profesión es por su apellido, echándole en cara que su amor y dedicación por y a la radio ha hundido a la familia, es para darle de comer aparte.

Alonso Caparrós no está bien, eso es obvio, y quizá sus declaradas adicciones sean el origen de sus exabruptos y seguro que su padre y su pobre madre se lo perdonan, pero ver como el hermano, Andrés, sigue alimentando la bestia es deplorable. Y, además, puede que las adicciones conviertan en monstruos a personas entrañables pero los hay también que son crueles sin necesidad de estímulos externos y, encima, se escudan en esos trastornos para justificar su mezquindad de origen.

Y como si el duelo Caparrós vs Caparrós no fuera suficiente, el Carrasco vs Flores, no por los apellidos de Rocío y Antonio David, sino por los de la madre y los hijos, sigue en plena ebullición para vergüenza nacional. Rocío Carrasco ha visto por primera vez en seis meses a su hijo, David, dentro de un juzgado al que lo llevó su padre para declarar, se supone, en el juicio en el que se debate la demanda de la madre acerca del incumplimiento de la custodia que impidió que el niño, ahora ya mayor de edad, pudiera acudir a la boda de su madre. Anda ya, así que David Flores no fue a la boda de su madre porque su padre lo tenía retenido en Málaga. Qué mal asunto el que desde hace años enfrenta a la hija de Rocío Jurado con el padre de sus hijos y que, sea quien sea el responsable, ha provocado que la madre no se hable con los hijos. Lo hemos dicho ya un millón de veces, tenga quien tenga la culpa, y aunque parece evidente que tanto Rocío como David son víctimas de alienación parental, no hay quien entienda como su santa madre no ha luchado por ellos desde el minuto cero.

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