Corte y confección

La infanta sin título

Cristina de Borbón

13 de junio de 2015, 08:00

Menudo cumpleaños le han dado a la infanta Cristina. El 13 de junio cumple 50 años y un día antes el Boletín Oficial del Estado publica un decreto firmado por su hermano, el Rey Felipe, por el que se queda sin título de duquesa de Palma. Ha tardado tanto tiempo en decidirse a renunciar a sus derechos y honores que, al final, se le ha adelantado el Rey cuando nadie ya se lo esperaba. Cristina de Borbón y Grecia llevaba más de tres años jugando al ratón y al gato con su propia familia, desde que el mes de diciembre de 2011, su marido Iñaki Urdangarin fue imputado en el caso Nóos. Si entonces hubiera hecho un gesto para desvincular a la Corona de las actividades de su marido, otro gallo le hubiera cantado. Pero no lo hizo y su vida ha ido de mal, en peor.

La vida de Cristina de Borbón y Grecia, nacida en Madrid el 13 de junio de 1965, como  infanta de España por ser hija del entonces del príncipe Juan Carlos. Su vida transcurrió placidamente en el palacio de la Zarzuela junto a sus padres y sus hermanos: la mayor Elena y el menor, Felipe. La vimos vestida con un traje de terciopelo verde, como el de la infanta Elena, el 22 de noviembre de 1975 cuando don Juan Carlos fue proclamado Rey y crecer hasta convertirse en una adolescente alta y algo corpulenta y vestida, en los actos oficiales, con modelos más que austeros pasados de moda.

Su primera rebeldía le llegó cumplidos ya los 20 años cuando decidió escapar de palacio para refugiarse primero en París y luego, en Barcelona. La acompañaba su prima Alexia de Grecia con quien conoció la libertad que vivió tan deportivamente que ya no quiso volver a la Zarzuela, ni aceptó a ningún novio de la aristocracia europea. Le buscaron un trabajo en la Fundación La Caixa que acabó por gustarle, mientras ejercía de infanta de modo intermitente. En Barcelona era Cristina a secas y se relacionaba principalmente con sus amigos regatistas que, a su vez, le presentaban otros amigos con los que ampliar el círculo.

Tras algunos romances que no pasaron a mayores, doña Cristina se encontró en una cena de amigos con Iñaki Urdangarin, un jugador de balonmano que le recordaba a su hermano y con quien había coincidido en los Juegos Olímpicos de Atlanta en 1996. Fue un noviazgo rápido que acabó en boda y siguió con el nacimiento de una serie de niños rubios y guapos, como de anuncio. Cristina seguía en La Caixa, dedicada ya a proyectos de cooperación y ejercía en actos oficiales como infanta y residía con su marido, en un piso de la avenida de Pedralbes en Barcelona. Una existencia burguesa y apacible que empezó a quebrarse precisamente por los deseos de Iñaki Urdangarin de ganarse la vida y ofrecer a su familia el nivel que se merecía. Craso error, si hubiera aceptado, como hizo Jaime de Marichalar, ser esposo de infanta y encauzar sus inquietudes a través de las entidades y empresas que le abrían las puertas, no se hubiera metido en el lío en el que se metió. Convencido por Diego Torres, profesor suyo en la escuela de negocios Esade, de sus posibilidades en el mundo de los negocios crearon juntos el Instituto Nóos, un instituto sin ánimo de lucro del que, sin embargo, no solo se lucraron sino que además hicieron, presuntamente, todo tipo de trampas para no pagar impuestos.

La infanta estrenó casa pero, junto con Urdangarin, se empeñó hasta las cejas. El famoso palacete, que en realidad no lo es, fue su ruina. Alertados por unos negocios, como poco, sospechosos, la Zarzuela envió a la infanta y a su marido, aún flamantes duques de Palma, (el título que el Rey Juan Carlos concedió a su hija con motivo de su boda) a Washington, donde vivieron tres años. Su regreso a España, en 2012, no fue triunfal, sino todo lo contrario ya que, con Urdangarin imputado, sin trabajo y apartado de la familia real, a la infanta Cristina le tocó dar un giro a su vida. Con gran fortaleza y no menos orgullo, la infanta se hizo cargo de la familia y se enrocó en su posición como infanta para preservar a su marido de la acción de la justicia. Al final, ella acabó imputada, su padre, abdicado y la Corona más que tocada, casi hundida.

Antes y en una última huida hacia adelante, Cristina y su familia se marcharon a Ginebra, un exilio dorado, pero exilio finalmente. Allí vive desde hace casi dos años la infanta Cristina, su marido Iñaki Urdangarin y sus cuatro hijos, Juan, Pablo, Miguel e Irene, a la espera de que se inicio el juicio oral que los llevará a los dos al banquillo. Ni en la peor de sus pesadillas pensaron que algo así les sucedería. La infanta ha intentado en los últimos años vivir una realidad paralela en la que no pasaba nada, pero vaya sí pasaba. Sus repetidas negativas a hacer lo que le aconsejaban quienes más la querían: renunciar a su posición institucional para ganarse el refugio familiar la han puesto en el disparadero. Cumple 50 años y ya no es duquesa de Palma, pero sigue empeñada en ser una infanta de España, como si esa consideración no le hubiera costado, más que disgustos, la vida misma.

Noticias relacionadas

Loading...