Corte y confección

Kiko Rivera sale de las cavernas

Kiko Rivera

19 de diciembre de 2015, 11:44

Antiguamente, los famosos estaban obligados a ser glamurosos o, al menos, ofrecer una buena imagen, no se permitían un desliz y salían a la calle como si fueran a un rodaje, tanto si eran actores como celebridades en general. Lo digo porque quien vive de su imagen pública que, al menos, la cuide.

La última actuación de Kiko Rivera mostrándose como un matón para preservar, no ya la imagen de su hija recién nacida, sino el dinero que piensa obtener con alguna exclusiva es para no volver a hablar de él nunca más, que debe ser lo único que le dolería. Ese chico está cada vez peor, no solo porque su indumentaria es deplorable y su aspecto físico penoso, sino por sus actitudes chulescas que, sinceramente, le convierten en el famosillo más patético de España. Pero, ¿quién se ha creído que es? Un hombre que va a cumplir 32 años y que no ha hecho nada bueno en la vida, teniendo como tenía todas las posibilidades no solo para estudiar y formarse, sino fundamentalmente para educarse. Qué habrá visto en su casa, para ser tan desagradable. Hubo un tiempo que parecía ser hasta gracioso, pero seguramente era por ser más joven y más ingenuo y sus chorradas podían calificarse de tonterías inocuas, pero desde hace algunos años cuando sin saber porqué se creyó también artista, le subió la soberbia de una manera que no hay forma de bajársela.

Irene Rosales, con su hija

Irene Rosales, con su hija

La imagen de Kiko Rivera abrazado a su madre, Isabel Pantoja, entrando ambos en la clínica donde horas antes había dado a luz Irene Rosales también me llamó la atención porque se vio en ella algo de verdad: el hijo protegía a la madre y ella le recogía. Dios, creerá Isabel Pantoja, de verdad, que de todas las opciones que su hijo tenía en la vida, la que ha escogido es la mejor, no ya la buena que es otra cosa, sino la mejor de las posibles. Es una pregunta que me hago, cada vez que veo esas escenas de familias que se presentan como unidas frente al mundo y que, en realidad, viven de espaldas a la realidad o, al menos, a la percepción que de ellos tienen el resto de su círculo sino vicioso, al menos viciado.

Kiko Rivera es, ya lo he dicho otras veces, un ser peripatético, un listillo que prefiere ir trampeando por la vida en vez de dedicarse en serio a alguna actividad que, además de darle de comer, diera sentido a su vida. Quizá lo de D.J es su vocación pero lo hace con tanta desgana que más parece una obligación para mantener su personaje. No parece que ese trabajo, sin embargo, le permita vivir con desahogo ya que, como otros casos igualmente inexplicables (tipo Terelu), no llega a fin de mes y por esa razón debe cuadrar sus números con exclusivas en revistas y televisión.

Todo es patético pero lo peor es cuando Kiko saca ese hombre de las cavernas que lleva dentro y, por que el lo vale, se erige como portador de todos los valores, sobre todo los familiares, y la emprende contra quien lo pone delante de su espejo. No querido, los malos no son los que te persiguen para fotografiar a tu hija recién nacida, el malo eres tú por comerciar con ella.

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