Corte y confección

Kiko Rivera, el pequeño del alma, se hace mayor

Mariángel Alcàzar
Kiko Rivera

8 de octubre de 2016, 10:47

El pequeño del alma con su piel de can…ela ya se ha casado. Parecía que nunca iba a llegar el día y, al final, Kiko Rivera se ha vestido de chaqué (en este caso es de esperar que le quede a su medida) para darle el “sí” a Irene Rosales (nunca he sabido si es hermana de Inés, la de las tortas de aceite), que lució un vestido de St.Patrick, la segunda línea de Pronovias de la que hace unos años, por cierto, fue imagen Jessica Bueno, la madre del hijo mayor de novio. Isabel Pantoja, que ejerció de madrina vestida con un modelo largo de color coral, abandonó su encierro de ‘Cantora’ para ejercer de madrina y también para aumentar el valor de las fotos del enlace que servirán para paliar las deudas con Hacienda de Francisco Rivera Pantoja.

Con su boda, Kiko, durante años más conocido como Paquirrín, culmina su ascendente paso por la fama que empezó a los pocos días de su nacimiento, hace 32 años, cuando fue presentado en sociedad en brazos de su madre y junto a su padre en la habitación del hospital de Sevilla donde había llegado al mundo. Después protagonizó (obviamente) su bautizo cubierto por el traje de cristianar con más faldones que Luis XIV y, en poco tiempo la peor tragedia: con solo siete meses se quedó huérfano tras la trágica muerte del recordado Paquirri.

Desde la más tierna infancia, el entonces llamado Paquirrín, aparecía con carita triste en brazos o de la mano de su madre que lo teñía de rubio y lo vestía de Baby Dior, seguramente emulando los ‘looks’ de Andrea Casiraghi, el hijo de Carolina de Mónaco, coetáneo del ahora flamante marido de Irene Rosales, los dos niños más famosos de aquella época. Pero Paquirrín fue creciendo a lo alto y a lo ancho y, aunque no se tienen muchas referencias de sus pasos por el colegio o el instituto, si hay constancia de su interés por pertenecer a la escuela de fútbol del Real Madrid. Sus ‘looks’ con camisetas imperio XXL y pantalones por la pantorrilla marcaron su adolescencia y el empeño de su madre en ponerle un bar (Kantora Kopas) para que tuviera un oficio, su juventud. En todo fracasó al mismo tiempo que iba buscando su propia imagen lejos del nido familiar en que Pantoja metió, contra la opinión de su hijo, al gran Julián Muñoz.

Fue en esa época, sin duda, en la que Kiko Rivera se convirtió en el personaje que ahora exhibe. Inculto, ordinario, coleccionista de novias, diletante en oficios varios, pero, en cierta manera entrañable. Nos creímos que, en el fondo, era un chico con corazón de oro, hasta que le dio por marcar distancias con su hermana Chabelita, debido a su distinto origen biológico, y acabó por convertirse en una caricatura cuando sus parejas describieron su comportamiento machista y trasnochado.

Kiko Rivera ya es un hombre, al menos por edad, tiene dos hijos, Francisco (nacido de su relación con Jessica Bueno) y Ana que comparte con su ya esposa, Irene Rosales. En su aun corta pero intensa vida ha despertado compasión, aversión, simpatía y críticas, pero nunca ha pasado desapercibido. La gestión que ha hecho de la fama y el aprovechamiento de las ventajas que le ha dado la vida han sido nefastas, si las comparamos, por ejemplo con las trayectorias de sus hermanos Francisco y Cayetano Rivera, pero si es verdad que tras su aspecto de rapero de Triana se esconde algo del encanto y el señorío que tuvo su padre, habrá que desearle felicidad y que, de verdad, esa boda no sea solo una manera de pagar deudas, sino el inicio de una nueva vida.

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