Corte y confección

Isabel y Mario o como convertir el amor en negocio

Mariángel Alcàzar
Mario Vargas Llosa

10 de septiembre de 2015, 09:03

Hay que ver lo que está dando de sí el idilio Preysler-Vargas. La parejita se ha convertido en los reyes de Nueva York con motivo de la inauguración de la nueva tienda de Porcelanosa, aunque en la suya no se puede aplicar el tanto monta, monta tanto porque es ella, Isabel, quien parece controlar la situación. Mario Vargas Llosa, premio Nobel de Literatura, siguiendo los pasos de otro laureado como Camilo José Cela parece haber vendido sus dotes literarias al diablo, en este caso a la diablesa. Poner su pluma al servicio de unos azulejos no es como para ir dando clases de integridad, como hizo el Nobel hace unas semanas cuando se atrevió a cuestionar al periodista de 'The New York Times' que osó criticar su paso de prestigioso escritor a vivir del cuento.

A veces llego a pensar que Mario, en su ceguera de amor, igual cree que sus apariciones en la revista de cabecera de Isabel son fruto de la casualidad y de la fama de ella. Anda ya. Todo está medido y estudiado por una mujer a la que hay que reconocer la gran habilidad de llevar más de 40 años explotando su propia imagen como fuente principal de ingresos. Los apologetas de Isabel Preysler llevan varias semanas elogiando el buen hacer, el señorío y la exquisitez de la dama en la gestión de la que, hasta ahora, es su última relación amorosa, y lo hacen gracias a las confidencias que ella distribuye, como ha hecho siempre, entre sus cortesanos. Una cosa está clara, Isabel ha subido enteros y cotización y, además, ha llevado a Mario a su terreno, cuando hubiera sido mucho más interesante la situación a la inversa.     

No hay nada que objetar al papel de Isabel Preysler, más allá de constatar con la tranquilidad que ha justificado su enamoramiento en pleno luto de su tercer marido, Miguel Boyer, pero criticar eso no sería más que una muestra de estrechez de miras y cierta antigüedad de ideas. Una viuda, tanto si ha querido al difunto como si se ha liberado de la carga tras su muerte, tiene derecho a rehacer su vida, una expresión algo manida pero útil en este caso. También puede comprenderse que cuando el amor llega así de esa manera (que cantaría su primer ex, Julio Iglesias) no se pare una a pensar si el contrario tiene compromisos anteriores, toda vez que eso puede ser considerado un daño colateral, aunque quizá quienes gozan del amor deberían también tener compasión por quienes lo han perdido. El enamoramiento ciertamente está sobrevalorado, aunque con ese estado de enajenación mental transitoria se justifique todo tipo de tropelías.

Lo que sigue siendo un gran enigma es el papel que está teniendo en esta obra, el egregio escritor, el magnífico contador de historias desde su 'Pantaleón y las visitadoras' a 'La fiesta del chivo' convertido ahora en un simple ‘chevalier servant’ que utiliza su talento para escribir discursos con los que adornar la inauguración de una tienda de azulejos, aunque sea en Nueva York.  Y que conste que los de Porcelanosa tienen mucho mérito, que una cosa no quita la otra.

Sinceramente, lo que choca de la relación de Isabel Preysler y Mario Vargas Llosa no es  que se haya producido sino la exhibición que se ha hecho desde el primer momento con todas las aristas que tiene, principalmente porque nadie puede ser totalmente feliz si es consciente del daño que hace a personas que han formado parte de su vida a las que, el escritor, ha puesto en una situación entre ridícula y penosa. Seguramente  no conocemos la realidad y para todo lo que nos parece extraño, los protagonistas tendrían una explicación, pero seguro que no la hay para la obscena utilización del romance.

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