Corte y confección

Isabel Sartorius bajo el síndrome de Genoveva Casanova

Isabel Sartorius bajo el síndrome de Genoveva Casanova

31 de octubre de 2017, 13:10

Isabel Sartorius lleva casi treinta años en nuestras vidas, la mayoría arrastrando el estigma de haber sido la primera novia conocida del príncipe Felipe. Ahora, tras varias relaciones fallidas se ha sabido que a sus 52 años mantiene una relación de íntima amistad con César Alierta, de 72, ex presidente de Telefónica, viudo reciente y recientemente jubilado. No es buena noticia para Isabel que su incipiente noviazgo sea noticia, la discreción absoluta en estos casos es la mejor manera de seguir adelante. Isabel no es Genoveva Casanova, desde luego, que se cargó su futuro con José María Michavila a base de filtrar todo tipo de detalle, pero debe estar tan ilusionada de haber encontrado, por fin, un hombre que la proteja y la cuide, que corre el riesgo de echar a perder la relación si cae en la trampa de seguir ofreciendo datos. Isabel Sartorius siempre ha sido una mujer frágil, demasiado asustada y sin personas a su lado que la protegieran de los peligros de seguir estirando el protagonismo que adquirió cuando con solo 23 años conoció al príncipe Felipe, que tenía 21.

Era el año 1989 cuando unos paparazzi fotografiaron al joven heredero a bordo de una lancha, que lucía en el caso el nombre de Somni (Sueño), junto a una muchacha rubia, mirándose ambos a los ojos. No había duda, era la imagen de dos enamorados pero nadie sabía quien era aquella joven hasta que Marisa Martín Blázquez, (entonces aguerrida reportera ahora contundente colaboradora televisiva), se lanzó a la piscina, en sentido literal, y entabló conversación con la muchacha que, entre salida y salida al mar con su enamorado, echaba las horas en las instalaciones del Club de Mar de Palma de Mallorca reserva para sus socios.

Marisa fue la primera en descubrir la fragilidad de Isabel quien, tras confirmarle su nombre temblaba como una hoja por la contundencia de su apellido. Nadie relacionaría el Sartorius con su padre, el entonces marqués de Mariño, sino con uno de sus tíos, Nicolás Sartorius, uno de los dirigentes del Partido Comunista.

Una vez conocida la identidad, se supo también que su madre Vicente Sartorius estaba casado en segundas nupcias con la multimillonaria princesa Nora de Liechtenstein, que había sido medio monja y que, ya cuarentona, cayó en las redes del seductor marqués. La madre de Isabel era Isabel Zorraquín, de origen argentino, quien tras el divorcio del marqués se había casado con Manuel Ulloa, un controvertido ministro peruano. Con los años, se supo que Zorraquín había sido adicta a las drogas y que eso marcó la adolescencia de la dulce Isabel Sartorius.

Lo que acabó con el noviazgo de Isabel Sartorius y el príncipe Felipe fue la impaciencia de la joven que no tuvo a su lado nadie que le aconsejara paciencia. Al entonces heredero le faltaban por lo menos diez años para poder pensar en una boda e Isabel le presionaba para hacer público el compromiso, tanto le presionó que acabó por agobiarlo y ella se quedó colgada para siempre de ese personaje entre entrañable y patético que la ha ido acompañando a lo largo de los últimos treinta años.

Su relación con Javier Fitz-James Stuart, con quien vivió una boda fallida y de quien tuvo una hija, no hizo más que añadir elementos de duda que ella misma alimentó. Luego llegaron otros novios, como el empresario Fernando Ballvé, accionista de Campofrío y Telepizza, que, además la ayudó económicamente en el que acabó siendo su ruinoso negocio de bolsos. Ballvé murió de cáncer y la familia reclamó a Isabel el importe del préstamo que ella siempre creyó donación. De nuevo sola tuvo que enfrentarse a esa situación y de nuevo Isabel quedó a merced de amigos que no lo son y que solo pretenden explotar su personaje. En esas ha llegado Alierta, muy bien relacionado por cierto con la Zarzuela, e Isabel ha visto el cielo abierto: por fin alguien que la protege de verdad y él, viudo doliente, necesita quizá volver a cuidar de alguien. Isabel merece ser feliz pero ya le digo que la mejor manera de lograrlo es desaparecer del mapa, mantenerse alejada de los medios y aprender a vivir fuera del foco.

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