Corte y confección

Isabel Preysler conoce a la india Juanita

Isabel Preysler Mario Vargas Llosa
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28 de marzo de 2017, 11:48

La india Juanita vivió en el siglo XV pero su momia, perfectamente conservada, se encontró en 1996 en una zona de nieves perpetuas del Amaro, uno de los picos de los Andes cerca de Arequipa. La muchacha de solo 14 años murió sacrificada como ofrenda a los dioses y seis siglos después, congeladita ella, es la máxima atracción de la ciudad peruana donde Mario Vargas Llosa nació y donde ha decidido celebrar su 81 cumpleaños en compañía de su novia, Isabel Preysler, más conocida en Perú como la mamá de Enrique Iglesias. Isabel tiene en común con la india Juanita lo bien que se conserva y, sin duda, su paso por Arequipa también hará historia.

El viaje de la pareja a los Andes no es solo un recorrido sentimental, ya que se inició hace unos días en Bogotá donde Isabel, acompañada de Mario, amadrinó una tienda de Porcelanosa. Hay que ver, el ojo que tuvieron los dueños de la empresa de cerámica cuando ficharon a Isabel puesto que, ahora, gracias a su noviazgo con el Nobel peruano, y la propaganda que les hace, pueden extender su imperio y alicatar hasta el último rincón de los Andes. Hay que reconocer el poderío de Isabel que, en su madurez, ha conseguido que su novio la siga en sus promociones publicitarias cosa que no logró con ninguno de sus tres maridos. Parece que a Mario Vargas Llosa le encanta ser una celebridad mundana y no una celebridad cultural como era hasta ahora.

Cumplido ya el compromiso con Porcelanosa en Colombia, la parejita se fue a Lima y allí se encontró con el hijo mayor de Mario, Álvaro, quien junto a su esposa, les acompañaron en su ir y venir por la ciudad. Los otros dos hijos del escritor y su segunda esposa, Patricia Llosa, son Gonzalo y Morgana pero no se hablan con su padre desde que abandonó a su madre sin aviso previo. Álvaro es más prosaico y debe pensar que hacerse el digno no es el mejor camino de cara a futuras herencias.

Antes de viajar a Arequipa, Vargas Llosa aseguró que tenía la intención de enseñar a Isabel todos los rincones de la bella ciudad. Podría empezar por el convento de La Merced, un conjunto de casas, patios y corredores donde se instalaban las jóvenes de buena familia que preferían meterse a monjas y ser libres que pasar por un matrimonio de conveniencia. Pero, el momento estelar llegará cuando Isabel y su cara de porcelana, por la que no pasan los años, conozca a la india Juanita, la pobre, congelada desde hace seis siglos pero igualmente perfectamente conservada.

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