Corte y confección

Isabel Preysler le amplia la pecera a Vargas Llosa

Isabel Preysler Mario Vargas Llosa
Mario Vargas Llosa e Isabel Preysler

1 de junio de 2017, 09:51

En el catálogo de chistes machistas, que incluso ríen algunas mujeres, hay uno que explica que un amigo le dice a otro: “He decidido darle más libertad a mi mujer; le voy a ampliar la cocina”. Ja, ja. Pues ahora resulta que Isabel Preysler va ampliar la piscina del jardín de su casa, conocida popularmente como Villa Meona, para que su novio, Mario Vargas Llosa, pueda nadar a gusto y no es otro chiste. Por lo visto el premio Nobel necesita hacer unos largos todas las mañanas y no teniendo suficiente con la piscina interior de la casa, ni tampoco con la que existe en el jardín su amada va a convertir una pecera de 15 x10 metros en una piscina, sino olímpica que son de 50 x 25 metros, al menos de 25x 12,5, que es el mínimo para los que gustan de la natación no acaben como un pato mareado al dar el giro.

“El pez en el agua” es el título de una especie de memorias que Vargas Llosa publicó en 1993 donde, a modo de metáfora, explica que durante su paso por la política se sentía como un pez fuera del agua, mientras que ejerciendo de escritor se encuentra en su hábitat. Lo de sentirse un pez le viene de lejos, porque en el capítulo dedicado a su infancia, Vargas Llosa recuerda que formaba parte del equipo de natación de su colegio de los salesianos en Piura (Perú) y aunque de esa época ya han pasado 70 años, al parecer, le gusta recordarla.

Mario Vargas Llosa siempre ha sido, al parecer, un gran deportista. Cuando vivía en Lima recorría el paseo marítimo del barrio de Miraflores acompañado de su entonces esposa, Patricia Llosa, con un chandal de diseño y una gorra no especialmente calada para que pudieran reconocerlo los transeúntes y tener así, de buena mañana, cubierta su dosis de vanidad. También en Madrid, el escritor tenía por costumbre caminar al trote por los jardines del Campo del Moro, situados detrás de Palacio Real, o en el propio Retiro. Como Vargas Llosa lo aprovecha todo, de esas caminatas matinales salió un relato (no me atrevería a llamarle cuento) en el que el Nobel explicaba que cada día se encontraba con un mendigo ilustrado que le comentaba las actividades culturales que se realizaban en Madrid a las que se podía acudir gratis. El escritor también ha escrito de lo mucho que le gusta ir a los gimnasios de los hoteles, especialmente al de la clínica Buchinger de Marbella donde cada verano, durante treinta años, acudió con Patricia Llosa para además de someterse al programa de ayuno, dar largas caminatas por la playa y hacer largos en la piscina siempre con estilo espalda que es, al parecer, el preferido del escritor.

Todas estas rutinas que según Vargas Llosa eran básicas para su vida y completamente irrenunciables se acabaron el día en el que se convirtió en el novio de Isabel Preysler. Ya no hay caminatas matinales en las que, de paso, recibir saludos halagadores; ni estancias en Marbella. Vargas Llosa dice que no puede trotar por las calles de la urbanización Puerta de Hierro, donde se ubica la residencia Preysler, porque en vez de admiradoras le acosan los paparazzi, y de su plan de desintoxicación anual en la Buchinger, ni hablamos. Ya solo le quedan sus largos de piscina pero ya, con su edad, le resulta incómodo trasladarse cada mañana a una pública o encontrar una privada con medidas olímpicas, así que su novia, siempre tan atenta a los deseos de su pareja, ha llenado la calle de sacos terreros tras horadar el jardín para construir una piscina a la medida de la brazada de Vargas Llosa y así ella, desde la ventana, vigilar que no se ahogue en su pecera.

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