Corte y confección

Isabel Pantoja, una más en la calle, única en el escenario

Isabel Pantoja
Isabel pantoja

21 de febrero de 2017, 12:04

Isabel Pantoja ya está en Chile, primera parada americana de su gira de reaparición tras su paso por un lugar del que, evidentemente, no quiere acordarse. Hace bien, en realidad de lo único que sirven las malas experiencias es para sacar de ellas algunas enseñanzas y la primera, en su caso, es la de no bajarse nunca de un escenario; puestos a ser algo mejor ser una diva.

A la cantante se le ha dado (le hemos dado) hasta en el carné de identidad mientras ha actuado a pie de calle, pero cuesta arrearle cuando aparece en una escena vestida como una reina. El día 18 actuó en el palau de Sant Jordi, en Barcelona, sede olímpica, y aunque el pabellón tenía algunos huecos en la gradería y hacía un frío del carajo, Isabel logró que, al igual que ella ha olvidado su paso por prisión también los espectadores optaron por absolverla.

La paradoja de Isabel es que la torpeza con la que ha gestionado su vida privada es inversamente proporcional a la habilidad de su ser artista. Cómo una mujer que se mueve con elegancia, que domina la escena, que tiene una voz prodigiosa, que viste modelos adecuados a su edad y condición, puede haberse metido en tantos líos.

A sus 60 años parece haber entendido, por fin, que su vida depende de ella misma y no de los cantos de sirena que la lanzaron contra los acantilados. Quizá ya es hora de aceptar que su primitiva idea de reeditar la primera parte de su vida, aquella en la que era una joven artista coplera a la que un valiente torero iba a retirar para tratarla como una princesa, es un sueño imposible. Traumatizada por la muerte de Paquirri, parece que Isabel Pantoja se hizo, cual Escarlata O’Hara, la promesa de no volver a sentir el hambre de la soledad afectiva pero, desde entonces, como si su corazón para blindarse contra el dolor se hubiera convertido en una piedra, solo ha mostrado emociones encima de un escenario.

Diletante en cuestión de amores, más parece que obsesionada en la búsqueda desesperada de protección y solvencia económica, erró en la elección de sus parejas e incluso en la de sus amistades y servidores.

Qué necesidad tenía de buscar vías alternativas de financiación cuando centrándose en su carrera artística hubiera logrado cimentar una buena fortuna, como han hecho muchos otros cantantes sin tanto impacto, ni tanto empaque. Isabel Pantoja se ha ido quedando sola en su campo, desaparecidas ya todas las copleras e incluso las folclóricas y si me apuras hasta las melódicas, y ese capital lo desaprovechó cambiando los escenarios por relaciones envenenadas, la última con ese Julián Muñoz, patán incluso cuando iba forrado de billetes de cinco mil.

Por no hablar de esos hijos a los que nunca se les educó para formarse y acabaron convirtiéndose en satélites de los que solo han salido torpedos contra la línea de flotación de su propia madre.

Lo que sabemos de la vida de Isabel Pantoja no la humaniza, más bien la convierte en objeto de chanzas cuando no de diatribas que ella, además, ha ido alimentando con episodios como los de su rechazo a compartir con los hijos de su marido, no solo los bienes del fallecido torero, sino incluso su memoria, haciendo incompatible la condición de viuda de Paquirri con la situación de orfandad de Francisco y Cayetano Rivera.

Si de algo le puede servir el último drama de su vida, el que le llevó a prisión, es para recomponer de verdad su carrera y dejar el barro para pasear únicamente por encima de los escenarios, ese es su hábitat natural, el de los artistas, un espacio en el que es única.

Noticias relacionadas

Te puede interesar...

Más Sobre...

Loading...