Corte y confección

El infierno se parece al abismo que separa a Antonio David Flores y Rocío Carrasco

Mariángel Alcàzar
Rocío Carrasco y Antonio David Flores

1 de abril de 2017, 11:23

Nadie se odia más que dos que se han querido o eso creían. El abismo que hace más de quince años separa a Antonio David Flores y Rocío Carrasco es cada vez más profundo y más peligroso, es ya un infierno poblado de animales feroces y trampas mortales que hacen imposible un acercamiento entre las partes que les permitiera, a ambos, vivir con cierto sosiego. La última, ya se sabe, es que la demanda que Rocío interpuso a Antonio David por sus continuadas declaraciones públicas en las que se hacía referencia, sobre todo, a su actitud como madre y en las que la hija de Rocío Jurado veía un supuesto delito continuado de “acoso verbal y maltrato psicológico”, ha sido derivada de un juzgado ordinario al de Violencia de Género. Hace unos días, Rocío acudió al tribunal para ratificar la demanda y el viernes fue Antonio David quien tuvo que ir a darse por enterado. Ambos declararon y ahora serán los jueces quienes decidan si la demanda se admite a trámite o se queda en la puerta.

Si la venganza es un plato que se come frío, el de Rocío Carrasco está al borde de la congelación y sin embargo ha puesto su no relación con Antonio David y el conflicto con sus hijos, al rojo vivo. La hija de la cantante, casada desde hace unos meses con Fidel Albiac, encargó a sus abogados que repasaran todas las declaraciones de su ex desde el momento de la separación matrimonial que se produjo en 1999, tres años después de su boda cuando Rocío Flores tenía tres años y su hermano, David, uno.


Los años no hicieron más que emponzoñar la situación y como resultado, a día de hoy, los dos hijos de la pareja, ya mayores de edad, viven con el padre y reniegan de la madre. Esa es la única realidad que se conoce públicamente y que es la que ha atribuido a Rocío el papel más ingrato, pues en la mítica imagen de las madres no se entiende que una de ellas pueda renunciar a sus hijos únicamente porque también lo son de un hombre del que reniega.

Todo debe ser mucho más complicado pero no tenemos más elementos que los que los propios protagonistas han puesto en el escaparate. Es verdad que Antonio David Flores, desde el minuto uno, ha sido quien más ha hablado en público de la situación por lo que no es de extrañar que sus declaraciones ocupen 120 folios de la demanda, pero también lo es que esos silencios tan pretendidamente dignos de Rocío Carrasco y la evidencia de que ha apartado de su vida a la mayor parte de sus familiares son muy elocuentes.


En todo este tremendo drama, como en el que protagonizan, a otro nivel y por otros motivos Pepe Navarro e Ivonne Reyes, quienes pierden son los hijos. Rocío Flores tiene 20 años y su hermano, David, que arrastra algunos problemas físicos desde su nacimiento, ya ha cumplido 18 y ambos viven con su padre, con la esposa de éste y con la hija de ambos, y hermana de ellos, en aparente armonía sin que tengan ningún contacto con su madre Rocío Carrasco. La situación, vista desde afuera, podría corresponderse con un caso de alienación parental, un síndrome por el que los hijos rechazan a uno de sus progenitores al ser manipulados por el otro. En muchos casos, el progenitor rechazado opta por apartarse cansado de una guerra que sabe perdida pero otros se rebelan y luchan y, apoyados en familiares, amigos y terapeutas, intentan recuperar a sus hijos y aunque puede que no lo logren, al menos tienen la conciencia tranquila por si un día los hijos comprenden qué ha pasado.
La actitud de Rocío Carrasco y más a raíz de su boda con Fidel Albiac y su aparente frialdad a la hora de expresar una felicidad de la que eran ausentes sus hijos esconde, desde luego, un dramón, de eso nadie tiene dudas, pero la gestión de su desgracia es incomprensible.

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