Corte y confección

Gustavo González, el paparazzi que la tele volvió rana

Gustavo Gonzalez

20 de diciembre de 2017, 09:47 | Actualizado a

Gustavo González fue, durante años, uno de los reporteros que, en verano, dejaba las guardias a los famosos de Madrid para trasladarse a Mallorca dispuesto a descubrir, antes que nadie, los primeros amores del príncipe Felipe o las infantas Elena y Cristina. Gustavo llamaba la atención, no solo porque se movía en moto, sino porque, a diferencia de otros colegas, en lugar de bermudas y polos, siempre usaba pantalones cortos, casi bragas, camisetas, chalecos de explorador y botas de montañero, un atuendo más propio de la selva tropical. Guardaba los teleobjetivos en una mochila que cargaba a las espaldas y aparecía y desaparecía por arte de magia, siempre en busca de un seto tras el que esconderse a la espera de cazar una pieza.

Durante años, al menos en Mallorca, cumplió con la regla de oro del paparazzi que es la de pasar desapercibido, la de ser un desconocido para que el famoso de turno no le reconociera ni aún teniéndolo al lado, tomando una cerveza con una mano y disparando la cámara con la otra. Pero un buen día, Gustavo, cuyo aspecto de aventurero, y sus muchas aventuras galantes, escondían a un padre de familia numerosa, empezó a contar sus batallas con los famosos en la tele desde el programa ¿Dónde estás corazón?. Se agradecía que, aunque de forma alocada y sin mucha reflexión ni documentación, ni contexto, alguien contara lo que había visto y no, como otros. Hubo paparazzi que se cansaron de que algunos periodistas estrella empezaran a ocupar los programas del corazón gracias a contar las historias que, literalmente, les robaban a los fotógrafos que se pasaban el día en la calle perreando en busca de famosos. Gustavo y también Antonio Montero decidieron que mejor lo contaban ellos y sacaban partido. Se convirtieron en los primeros paparazzi que cambiaron, con todos los riesgos, el anonimato por la fama y les gustó. Luego llegaron otros con mayor o menor fortuna, con más o menos cara, que se aprovecharon de la leyenda romántica que rodea a los paparazzi, aunque algunos no tengan alma de periodista y sus métodos para lograr una foto rocen la delincuencia, pero ese es otro tema.

La cuestión es que pasados los años, Gustavo González, el simpático macarrilla que recorría Mallorca en moto para ver si conseguía cazar al príncipe Felipe con una novia, acabó encontrándole el gusto a la tele y tras '¿Dónde estás corazón?', encontró acomodo en 'Sálvame'. Su cara ya era conocida y su trabajo como fotógrafo derivó hacía un submundo de famosos de ocasión en el que acabó cruzándose con María Lapiedra, una chica de Mollerusa (Lleida) licenciada en Filología, que se ganaba la vida como actriz (es un decir) de películas porno y a quien le dada igual, y le da, ocho que ochenta.

La relación de María y Gustavo ha dado un nuevo argumento al siempre sorprendente ‘Sálvame', una vez aparcadas, que no olvidadas, las humillaciones a otros ilustres colaboradores. No conviene machacar en demasía a esa Terelu que cree que contar sus intimidades en los aviones es un signo de lo muy liberal que es; ni someter a más disfraces a Chelo García-Cortés al borde del hundimiento; ni tan siquiera exprimir más el lacrimal de Lydia Lozano. La separación matrimonial de Gustavo González permitió recuperar el hilo de su relación con María Lapiedra que ella nunca soltó y lo que parecía un chismorreo más puede acabar en drama. Gustavo ya no puede volver atrás, atrapado entre su propia golfería y sus obligaciones contractuales. Cuando ve en la que se ha metido, sufre pero, como dice un aforismo, peor sería tener que trabajar.

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