Corte y confección

La guerra interna de Paz Padilla

Paz Padilla
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Bodas famosos

11 de octubre de 2016, 09:20

Paz Padilla es humorista profesional pero en la vida no es muy aficionada al humor. Treinta y dos años después de conocerse en un instituto de Cádiz, se ha casado con Antonio Vidal, un abogado que, como funcionario de la Junta de Andalucía, estuvo imputado en el caso de los ERE de Andalucía, un detalle que la ahora feliz recién casada pasó por alto todas las veces que, desde la televisión, lanzó encendidas arengas contra corrupción y más concretamente contra la infanta Cristina. Al marido de Paz le marcaron con la letra escarlata de la imputación y Paz se quejó con razón, pero a la hora de juzgar a otros fue a degüello.

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La boda de Paz y Antonio ha tardado mucho en llegar pero están más casados que nadie por la cantidad de ceremonias que han oficiado. Una en la India hace algunos meses, cuya documentación dicen haber presentado en la embajada de España en Nueva Delhi pero que, como todos los enlaces que se celebran en el extranjero, no tuvo validez en España hasta que se registró en un juzgado de Cádiz, trámite legal que se llevó a cabo el día anterior a la ceremonia que tuvo lugar el 8 de octubre en la playa de Zahara de los Atunes (Cádiz). Que a Paz le gustan las bodas folclóricas es evidente puesto que en 1998, un año después del nacimiento de su hija Anna, certificó su relación con su entonces representante Albert Ferrer con una celebración, que tuvo lugar en una masía de Premià de Mar (Barcelona) en la que los novios fueron vestidos con una especie de disfraces dieciochescos con sus pelucas empolvadas y todo. La humorista que disfrutaba de la primera etapa de su fama, tras su participación con los Chiquitos y compañía en varios programas de televisión, se instaló en Premià de donde era su marido y donde vivían sus suegros y cuñados. La llegada de Paz a esa pequeña localidad de la costa de Barcelona no pasó desapercibida sobre todo porque la humorista iba por la calle literalmente vestida de payasa, con el pelo teñido de varios colores y ropas estrafalarias lo que hacían que, lógicamente, la gente se volviera a mirarla. Paz Padilla llegó a dar el pregón de las fiestas de Premià e incluso participó en una campaña comarcal para el reciclaje de residuos pero también dejó un rastro de decepción entre muchos vecinos que se acercaban a ella en busca de la humorista dicharachera y se encontraron con una mujer antipática que ya entonces, cuando su fama era mínima comparada con la que goza ahora, ponía distancias con la gente y, al mismo tiempo, exigía preferencia de trato en bares y establecimientos varios.

Un buen día, Paz y su marido rompieron y nunca más se la vio en el pueblo, aunque siguió frecuentando Barcelona durante la época en la que intervino en “Crónicas Marcianas” desde donde, como no podía ser menos, saltó al estrellato y, al mismo tiempo, se fue apartando de aquella naturalidad que desprendía cuando pasó de contar chistes a los enfermos de un hospital de Cádiz a explicarlos en televisión. Cuesta entender cómo Paz Padilla se ha convertido en esa mujer tan intensa y tan poco empática para quien solo los suyos son los buenos y solo lo que hace ella, aunque sea poner a bailar a su pobre marido una danza de Bollywood en su boda, está justificado. Hay que reconocerle el mérito de haberse transformado físicamente, sobre todo de cuello para abajo, pero esa perfección se le ha subido a la cabeza. Paz empezó haciendo reír a otros y durante años incluso se rió de ella misma, pero, ahora, parece que se ríe de los otros o puede que ni eso, simplemente los ignora.

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