Corte y confección

"La frialdad de Rocío Carrasco para borrar, al menos de cara al público, el hecho de tener una hija me parece inquietante"

Mariángel Alcàzar
rocio

14 de julio de 2016, 11:15

Mientras esperamos que alguien despeje las dudas sobre las verdades y las mentiras del enredo sexual que este verano ha unido a Olvido Hormigos con Alessandro Lecquio, nos tendremos que entretener con los preparativos de las bodas programadas para después del verano: la de Rocío Carrasco con Fidel Albiac y la de Kiko Rivera con Irene Rosales, dos temazos o dos muermazos, considerando que lo que más interesa de ambos enlaces no son los novios, sino los invitados o, mejor, dicho los ausentes, tanto los vivos, como los muertos e incluso los muertos en vida.

Los principales ausentes son, evidentemente los fallecidos, Rocío Jurado y Pedro Carrasco, padres de la antes llamada Rociíto, y Francisco Rivera, antes conocido como Paquirrín. Los hijos, que poco han hecho para ganarse la posición social que ostentan, han heredado la fama de sus progenitores pero, sinceramente, la han malgastado, habida cuenta de que, aún siendo famosos desde que llegaron al mundo, ni Rocío Carrasco, ni Kiko Rivera, han sabido ganarse un sitio en la vida por sí mismos. La primera ha tenido más suerte, porque aunque su padre no tenía mucho patrimonio, a su muerte le legó, al menos la casa que compartía con Raquel Mosquera, pero fue la herencia de su madre la que la convirtió en una mujer rica ya que la cantante, aunque repartió entre sus tres hijos, Rocío y los hermanos José Fernando y Gloria Camila, el tercio de la legítima, legó a la primera los otros dos tercios, el de libre disposición y el de mejora.

Rocío Carrasco no tiene que preocuparse por el dinero y si de vez en cuando trabaja en algo, como ahora que empieza una nueva etapa del programa 'Hable con ellas', más lo hace por vanidad que por necesidad. De lo que la hija de Rocío Jurado debía preocuparse es de su situación familiar y no tanto por la nula relación con su hermanos adoptivos y el viudo de su madre, a quienes toleró en vida de la cantante y de quien quizá, con razones fundadas, se fue distanciando tras su muerte, sino por el drama oculto que vive con su hija Rocío Flores, sin contar con la situación del menor de sus hijos, David, que requiere de muchas atenciones y cariño.

Que Rocío Carrasco se presente como novia enamorada y felicísima a las puertas de su segunda boda tiene algo de chocante porque, una de dos, o sufre en silencio la situación o pasa de ella. Es incomprensible que una madre renuncie a relacionarse con una hija que, pasara lo que pasara, era una adolescente en el momento de la ruptura. La joven, que vive con el padre desde que tenía 16 años (ahora tiene 20) ha abjurado de la madre y ésta, aunque jamás ha hablado en público de la situación, la da por irreversible. No se trata de sobrevalorar la maternidad, ni los lazos de sangre, ni dar por hecho que todas las madres deben perdonar a los hijos hagan lo que hagan, pero la frialdad de Rocío Carrasco para borrar, al menos de cara al público, el hecho de tener una hija me parece inquietante.

El otro novio del año, Kiko Rivera Pantoja, que también sobrevive gracias a sus apellidos, tiene su particular drama familiar con una hermana que prácticamente ha roto con la madre de ambos, la cantante Isabel Pantoja. Chabelita, crecida en su independencia, parece estar vengándose de su familia vete a saber porqué razones ocultas, aunque se intuye que, en aquella casa, donde habita el machismo y el resentimiento, todos están contra todos.

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