Corte y confección

Esther Doña no se acostumbra a ser marquesa

Carlos Falcó y Esther Doña
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7 de octubre de 2017, 14:07

Mucho está tardando en salir quien cuente algo de Esther Doña, alguien que la conociera en su vida anterior para que nos explique en que terrenos se movía y podamos entender cómo había podido permanecer oculta con tamaña belleza y por dónde ha transitado en los últimos años hasta que coincidió con Carlos Falcó y Fernández de Córdoba en una acta de vinos. Una cita que me apunto como lugar fino en el que encontrar señores aún más finos. En cualquier caso, Esther Doña que parece no tener pasado tiene un presente confortable, aunque sus últimas declaraciones en un acto publicitario al que acudió en condición de contratada, me han dejado perpleja.

Aún no me he acostumbrado a ser marquesa”, dijo la Doña seguramente porque aún no le ha dado tiempo de leer el libro de instrucciones del marquesado; debería preguntarle a Marina Castaño, que fue marquesa de Iria Flavia en vida de Camilo José Cela y marquesa viuda, para horror del hijo del escritor, hasta que harta ya de viudez volvió a casarse. Marinita le diría que tiene derecho a que el servicio le llame constantemente “señora marquesa”, a que las cartas que recibas (si es que recibes alguna) estén encabezadas por un “señora marquesa”, y lo más tierno, te puedes bordar en la ropa interior y en las camisas, una coronita muy cuca.

La nueva marquesa de Griñón ha aclarado igualmente, en su primera cita pública tras la celebración de su boda, que su marido es muy madrugador y que recorre la finca de buena mañana mientras ella opta por quedarse en la cama y, a su vuelta, le espera en el comedor para compartir el desayuno. Eso desde luego no es muy de marquesa, porque ya lo explican muy claramente en la serie 'Downton Abbey', las señoras casadas pueden tomar el desayuno en la cama. Esther Doña, que cada vez se parece más a Isabel Preysler, está, por más que diga, encantada de su marquesado, aunque a la celebración de su boda no fueran los tres hijos mayores de su marido. Tendrían algo mejor que hacer y ese es el problema justamente. Por cierto que en el fiestorro tampoco se tuvo constancia de la familia de ella.

A la nueva marquesa de Griñón aún no le ha salido ningún viejo conocido o conocida conocedor de su vida anterior, pero a Ana María Aldón, sí. Una excuñada asegura que la novia de José Ortega Cano no está enamorada y que lo que le ha llevado al lado del torero es el interés y el abrigo de una vida acomodada, en una palabra el dinero. Pues no sé yo, que Ortega Cano tenga un capital no le resta méritos y aunque puede que Ana María Aldón no se hubiera fijado en él si en vez de ser el dueño de la finca Hierbabuena hubiera sido el que cuidaba los cerdos, la realidad es que es una mujer discreta que siempre se ha quedado en segundo plano y, lo más importante, supo dar la talla mientras el viudo de Rocío Jurado estuvo en la cárcel. A lo mejor ser marquesa consiste en ser una persona noble.

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