Corte y confección

El pijama de Isabel Pantoja

Mariángel Alcàzar
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Cárcel

15 de diciembre de 2015, 16:17

La vida de Isabel Pantoja es un lío. Tiene concedido el tercer grado que le obliga a dormir en prisión de lunes a jueves, pero estos días disfruta de un permiso especial por el nacimiento de su nieta, Ana, y hasta las 10 de la noche del lunes 21 de diciembre no tendrá que volver a la cárcel para volver a salir al día siguiente y así todos los días hasta el 25 que es Navidad y viernes. Para no perderse en las entradas y salidas, mejor que su hermano le lleve la agenda, no sea que se equivoque y la volvamos a liar.

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De Cantora, ubicada en la localidad de Medina Sidonia (Cádiz) a la prisión de Alcalá de Guadaira (Sevilla) hay una distancia de 100 kilómetros que la cantante deberá hacer todas las noches y todas las mañanas para entrar y salir de prisión. Doscientos kilómetros cada día que solo podría ahorrarse si hubiera elegido otro centro de los llamados de reinserción, más cerca de su finca, para cumplir la pena de dormitorio, pero en esos lugares llamados CIS, no existen celdas individuales, la mayoría tienen dormitorios colectivos y a los presos en tercer grado se les asigna una litera por sorteo y una taquilla para guardar sus cosas. Con toda seguridad, Isabel Pantoja prefiere hacerse los doscientos kilómetros antes de arriesgarse a dormir en un espacio comunitario, además, después de un año en la cárcel de Alcalá ya se ha hecho a esas instalaciones, conoce a la directora, a las funcionarias y hasta a las presas con las que puede coincidir en las duchas, ya que el aseo es la única actividad que tendrá que compartir, aunque puede que ni eso.

El tercer grado obliga a estar en la prisión elegida para pernoctar entre las 8 y las 9 de la noche y se puede salir entre las 7 y las 8 de la mañana siguiente. La obligación es estar entre los dos recuentos. Las cuestiones prácticas son las realmente intrigantes, porqué ¿dejará Isabel Pantoja en su celda su pijama y su bolsa de aseo? o por el contrario ¿entrará y saldrá cada día con sus pertenencias?. Aún más, ¿se duchará en prisión después de levantarse y desayunará con el resto de presas? o preferirá, como los niños, ducharse por la noche antes de salir de casa y, al día siguiente, levantarse y salir cuanto antes de las dependencias carcelarias y tomarse el café con leche en un bar de carretera, o que su hermano le lleve un termo y unas galletas. De verdad, que me preocupa ese tema, porque lo más práctico sería ducharse en Cantora, ponerse el pijama y salir hacia la cárcel, dormir en la celda y, de nuevo, volver a salir y así hasta que le concedan la condicional y pueda dormir todos los días en su cama.

Y qué decir de pobre Agustín, que tiene que hacer de chófer y cada día chuparse los doscientos kilómetros y doscientos más si vuelve a su casa. Aunque, quizá deje a su hermana en la cárcel por la noche, duerme en un hostal de la zona y por la mañana regresa para recoger a Isabel. Otro lío, la verdad. La Pantoja tenía una casa en Sevilla y le sería mucho más cómodo y no tanto ir y venir a Cantora.

Claro que también pueden echar mano de Anabel esa criatura perteneciente al clan Pantoja como sobrina que es de la cantante y que, ciertamente, mucho les tiene que agradecer porque, a pesar de su poca sustancia, ha logrado un puesto en las teles como portavoz familiar y otros menesteres igualmente irrelevantes. Anabel ( hija de Bernardo, el hermano mayor de la cantante y un hombre de vida complicada) acompañó a su tito Agustín a buscar a Isabel a prisión tras dormir el primer, y hasta ahora, único día de su nuevo régimen y, además, se sentó en el asiento delantero del coche lo que resulta ya algo sospechoso. ¿Será Anabel la nueva copiloto de la familia?, a la espera de saber si Agustín es el piloto o solo el chófer.

Juntos fueron a conocer a la pequeña Ana, la hija de Kiko Rivera e Irene Rosales. El clan Pantoja no para de crecer pero, ¿quién pagará la fiesta?, porque trabajar, trabajar, de momento, no lo tienen previstos, aunque Anabel Pantoja tuvo un bolo en una discoteca en la que se ofrecía para que los clientes se hicieran fotos con ella. Un planazo, sin duda.

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