Corte y confección

El ocaso de Julián, ‘machoman’, Muñoz

Mariángel Alcàzar
Julián Muñoz

5 de septiembre de 2015, 12:25

Las últimas imágenes de Julián Muñoz en una sala de juicios de Málaga presentaban a un hombre rendido, enfermo, acabado y solo. Escuálido, vestido con una camiseta negra y recogiéndose las babas con un pañuelo de papel, nada queda de aquel arrogante alcalde de Marbella que, ejerciendo de ‘machoman’ de pacotilla, quiso, además, alcanzar el estrellato de la mano de la tonadillera Isabel Pantoja. Han pasado algo más de trece  años, desde que Muñoz, el chico de los recados de Jesús Gil y Juan Antonio Roca,  se hizo cargo de la alcaldía de Marbella, el nido de corrupción que creó Gil y que, por aquel entonces, ya empezaba a descomponerse. Pobre tonto, Muñoz creyó que era más listo que sus mentores y acabó arrastrado por las fechorías de otros y por su propia ambición.
La buena estrella de Julián Muñoz no duró mucho, pero lo suficiente para deslumbrar a Isabel Pantoja quien más que ciega de amor se perdió por su falta de visión para detectar la farsa de un hombre que exhibía los millones que recogía, como bien relató su ex Mayte Zaldívar, en bolsas de basura. No se puede ser más cutre. A la cantante, que desde la muerte de Paquirri, ha ido buscando quien la liberara de la carga de tener que ganarse la vida y así le ha ido, creyó realmente que el rumboso Julián iba a retirarla en un palacio en Marbella sin sospechar que, al final, le esperaba una celda en Alcalá de Guadaira. Nadie entiende en qué estaba pensando la Pantoja para iniciar una relación con semejante personaje pero no hay duda de que eran tal para cual. A él, que seguramente cubría su vanidad de fanfarrón con chicas de compañía mientras mantenía su matrimonio convencional con Mayte, no le costó mucho volverse loco en brazos de la Pantoja, y a ella, cansada de amores sin futuro o sin fortuna, le cegaron los fajos de dinero que exhibía el alcalde.

Pero poco duró la alegría en casa de dos ambiciosos y Julián solo ejerció de alcalde algo más de un año, apartado primero por Gil y Roca, a los que pretendió suplantar en sus chanchullos y, luego, por la justicia que arremetió contra todos ellos. Pero antes de iniciar la caída la exhibición de la parejita Muñoz-Pantoja siempre tuvo un aire de obscenidad y vulgaridad. Quién olvida sus primera aparición en la romería del Rocío, con aquel Julián Muñoz luciendo sus pantalones subidos hasta el sobaco, bajándose del carro para echar una meadita en medio del camino, mientras Pantoja le reía las gracias con un clavel en el cogote. Patética imagen que hay que poner ahora al lado de la que ofreció un Muñoz lloroso pidiendo al juez que le exima de participar en las sesiones del juicio en razón de su lamentable estado físico.

Como dijo Concepción Arenal, escritora y feminista que, en el siglo XIX, batalló por los derechos de las mujeres encarceladas, “odia el delito y compadece al delincuente”, aunque resulta difícil sentir compasión por un Muñoz que no está en la cárcel por ser un marginado de la sociedad, sino por abusar de su cargo y, lo que es peor, por  creerse impune y poderoso cuando solo era un pobre tonto.   

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