Corte y confección

"Cristina pudo actuar cegada de amor, pero poco puede decirse de la falta de respeto y lealtad, primero a su padre y ahora a su hermano"

Mariángel Alcàzar
infanta Cristina

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Casa Real Española

10 de octubre de 2015, 11:11

La historia de la infanta Cristina quedó marcada, de eso no hay duda, el día en el que decidió casarse con el jugador de balonmano Iñaki Urdangarin. No era el primer deportista con el que se relacionaba, pero sí el primero que aceptó, o eso parecía, todas las renuncias que se le iban a exigir por casarse con una infanta y, sobre todo, por pasar a ser miembro activo de la familia real. Pero resultó que no, que el papel de secundario, de 'esposo de', no iba con él. Iñaki quiso ser el cabeza de familia en todos los sentidos y llevar las riendas de su casa pero, al mismo tiempo, utilizó su posición para situarse profesionalmente.

Desde el primer momento todo fue un desastre, pues incluso cuando Urdangarin aún seguía perteneciendo al equipo de balonmano del Fútbol Club Barcelona, su pertenencia a la familia real acababa condicionando su actitud en el terreno de juego. Pero visto lo que pasó después, aquella fue una época plácida en la que poco se pudo reprochar al  entonces duque de Palma que, en todo caso, iba aportando a la familia real una serie de niños de anuncio que alimentaban las fotos de familia.

Pero, ahora no se pueden tener dudas, ya entonces, tanto la infanta Cristina como su hermana, la infanta Elena, deberían haber tomado una decisión que no era otra que la dejar de representar oficialmente a la familia real, aunque la ley no las obligara a renunciar a su título de infantas, por ser hijas de rey, ni a sus derechos sucesorios toda vez que su hermano y heredero al trono aún no había tenido hijos. Si Elena y Cristina habían optado por dos bodas burguesas, deberían haber salido del entorno regio, llevando una vida más o menos anónima, pero en todo caso privada. ¿Por qué no se hizo así?, pues por una razón muy sencilla: con el Príncipe de Asturias soltero, la familia real se hubiera reducido a la mínima expresión y se necesitaban todos sus miembros para seguir al servicio de la Corona. También contó la posición de la reina Sofía que, teniendo a sus hijas como miembros activos de la Corona, se aseguraba la imagen externa de una familia que, internamente, tenía sus grietas.

Ni Elena ni Cristina renunciaron a sus derechos al casarse con personas que tampoco renunciaron a sus actividades privadas y eso acabó convirtiéndose en un lío. Las bodas de las dos infantas se vendieron como una modernización de la familia real y, sobre todo, marcaron el camino de la futura boda del príncipe Felipe. Si sus hermanas hubieran renunciado a sus derechos sucesorios por casarse con plebeyos, don Felipe hubiera estado obligado a casarse con una princesa o similar y siempre se quiso que el actual Rey se sintiera libre a la hora de escoger la mujer con la que compartir la vida, como así fue.

La monarquía es una institución milenaria y adecuarla a los tiempos modernos suele ser más difícil que sacar el agua del coco sin romperlo.  Pero el daño ya está hecho y la responsable, aunque le duela, de que la Corona fuera cuestionada, es Cristina de Borbón quien durante años pasó por ser la más moderna de la familia y que, al final, ha resultado ser la más conservadora con su empecinamiento en no renunciar a su condición de infanta con la excusa de que si acaba siendo declarada inocente en el juicio por el Caso Nóos, ya no podría recuperar sus derechos dinásticos. Para mucho le van a servir. En su última aparición pública, la infanta, repudiada socialmente y condenada al ostracismo por su propia familia no tuvo ni el gesto de renunciar a colocarse en primera fila como infanta del reino, por detrás de su hermana, Elena, y por delante de su tía, la infanta Margarita. Cristina de Borbón pudo actuar cegada por su amor a Iñaki Urdangarin y a la familia que formó con él, pero poco puede decirse de la falta de respeto y lealtad, primero a su padre y ahora a su hermano. 

 

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