Corte y confección

Cristina e Iñaki, aquellos príncipes de Barcelona

Cristina e Iñaki
Garófano

3 de octubre de 2017, 14:47

Hace veinte años, Barcelona vivió entusiasmada las celebraciones de la boda de la infanta Cristina de Borbón con Iñaki Urdangarin; no hace falta decir que en 2017, por varios motivos, sería inimaginable una fiesta monárquica como aquella. La hija de los Reyes y el jugador del equipo de balonmano del F.C. Barcelona se casaron el 4 de octubre de 1997 en la catedral de Barcelona, en cuyos bancos se sentaron, como testigos de la ceremonia, reyes, príncipes, ministros, políticos y celebridades. La pareja estaba de moda y encajó con la ciudad ya que, a diferencia de la infanta Elena, más clásica, a Cristina le tocó el papel de moderna dentro de la familia real y su boda con un deportista de élite, mitad vasco, mitad catalán, completaba el dibujo de su personaje. Cristina se convirtió en la infanta catalana y el nacimiento en Barcelona de sus tres hijos varones, Juan, Pablo y Miguel, y su única hija, Irene, fue no solo un motivo de alegría familiar sino también un hito institucional pues desde los tiempos de los Reyes Católicos ningún miembro de la familia real española había nacido en territorio catalán.

Tras vivir algunos años en un piso ubicado en la avenida de Pedralbes, los entonces duques de Palma decidieron comprarse una casa unifamiliar y optaron por echar abajo una antigua construcción en una calle cercana a su primer domicilio superando con creces su presupuesto y endeudándose más allá de lo razonable. Los duques de Palma levantaron un nuevo edificio que, a pesar de tratarse de una construcción de estética moderna, pasó a la historia como “el palacete de Pedralbes” y fue, con los años, el símbolo del auge y caída de los Urdangarin-Borbón.

Todo empezó a cambiar doce años después de la boda, cuando los negocios de Iñaki empezaron a alarmar a la Zarzuela y no se vio otra salida que sacar a la familia de España para apartar al duque de Palma de las tentaciones y las malas compañías. Los dos años en Washington concluyeron de forma traumática, con Iñaki Urdangarin imputado en el caso Noos y el regreso de la familia a Barcelona, de donde volvieron a salir a mediados de 2013 para instalarse en Ginebra, donde aún residen y donde esperan la resolución del Tribunal Supremo que dictará la sentencia definitiva para Iñaki Urdangarin y su prácticamente seguro ingreso en prisión.

En veinte años, la infanta Cristina e Iñaki Urdangarin han ido cuesta abajo en la rodada que diría el tango. De ser aclamados por las calles de Barcelona a ser abucheados; de ser adorados a ser despreciados; de ser reclamados en todos los eventos a ser repudiados. No sé si su pecado merecía tamaña penitencia y, si bien es cierto que el caso Nóos fue la excusa perfecta para atacar a la Corona no se puede negar que Cristina e Iñaki, los flamantes y emocionados novios que el 4 de octubre de 1997 se convirtieron en los príncipes de Barcelona, perdieron todo lo que tenían por un triste puñado de euros. Y, lo peor es que no fue la ambición lo que les guió sino la falta de criterio.

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